jueves, 28 de julio de 2011

BUEN GOBIERNO


Siempre me han llamado la atención los frescos que componen “La alegoría del buen y mal gobierno”, pintados por Ambrogio Lorenzetti entre 1337 y 1340, expuestos permanentemente en la novena sala del Palacio público de Siena, Italia. Lo que me parece más interesante es la imagen del buen gobierno como una escena urbana donde se nota una arquitectura reluciente habitada por ciudadanos en el auge de la prosperidad, contrapuesta a otra escena casi igual en apariencia, pero que representa a una ciudad en decadencia, con edificios deteriorados y con el semblante triste de sus menesterosos habitantes.

No olvidemos que son imágenes que datan del siglo XIV, por lo que resulta sorprendente que ya desde entonces —e incluso desde mucho antes— la cultura occidental asociara la correcta administración pública con el bienestar social, inscritos en el ambiente urbano. Poco en realidad ha cambiado desde entonces, las obras públicas y el crecimiento económico están ligados de modo indisoluble a la percepción del ciudadano medio sobre el desempeño de la administración pública.

Quizá no sea casualidad que el aspecto actual de nuestra ciudad sea más parecido a la imagen del Buon governo, pintada por Lorenzetti y que abunden obras viales e infraestucturas urbanas nuevas. Tomando en cuenta que siempre el principio de nuestros periodos políticos (especialmente el primer tercio, los primeros dos años) desgraciadamente se muestran más signos de la triste escena pintada en el Cattivo governo.

Sorprendente es también aquello que se lee en la inscripción que subtitula uno de los frescos del “Buen gobierno”: “Volved los ojos y miradla, vosotros que gobernáis, a la que aquí está representada y por su excelencia coronada. La cual siempre a cada uno da lo que le pertenece por derecho. Fijaos cuánto bien procede de ella y qué dulce y reposada es la vida de la ciudad que la sirve. Esta virtud, que más que ninguna resplandece. Ella la posee y la defiende. Quien la honra y la nutre y la protege, de su luz nace. Da a los que obran bien lo que se merecen y a los inicuos, las penas que les corresponden”.

Lorenzo Rocha

jueves, 21 de julio de 2011

LA POLÍTICA


Es casi un tópico, un lugar común, hablar de la política y automáticamente pensar en las elecciones. Nuestro vocabulario se ha ido reduciendo a lo largo de las últimas décadas y se ha vuelto progresivamente limitado, en tal medida que muchas palabras que utilizamos se relacionan unívocamente con un solo significado, omitiendo todos sus posibles matices. Desde hace tiempo, los estudiosos de la urbanística hemos perdido la capacidad de discutir sobre estos y otros temas sin reducirlos a problemas de simples de beneficios y desventajas económicas. Casi todo lo que se discute acerca de la ciudad, hoy en día está relacionado con la economía en su modo más elemental e irreflexivo. Las palabras como política han devenido en anatemas o eufemismos, sin la mediación de la reflexión acerca de los conceptos que entrañan. Si quisiéramos ahondar mucho más profundamente en nuestras potencialidades discursivas, como “usuarios del lenguaje” (diría Ferdinand de Saussure), convendría leer cuidadosamente el libro El grado cero de la escritura, del semiólogo francés Roland Barthes.

La palabra Política proviene del término griego polis (ciudad), por lo tanto, se relaciona más con el ciudadano que con el político o mejor dicho, el gobernante. La política es más un asunto nuestro (de los ciudadanos) que de los candidatos a ocupar puestos en la administración pública. De la misma raíz griega, derivan otras palabras como metrópolis o biopolítica, que son conceptos que tienen poco, o nada que ver con los procesos electorales.

Los habitantes de las polis —que además de ser las ciudades, son los estados y las naciones— debemos asumir nuestra obligación de mejorar las condiciones de vida, ya que las ciudades son obra de sus habitantes y éstos son quienes confían su administración a los políticos, los cuales a su vez son también ciudadanos aunque trabajen en la administración pública. Visto de este modo, ningún proceso de transformación urbana debe emprenderse sin la conciencia de la amplitud del término político.

Lorenzo Rocha

jueves, 14 de julio de 2011

DEFINICIÓN MÍNIMA


Casi todos los arquitectos de importancia histórica han elaborado su propia definición de arquitectura. La definición básica casi siempre converge en definir la arquitectura como “el arte de construir la morada del hombre”, frase del arquitecto mexicano José Villagrán, nuestro único compatriota que se ha dedicado seriamente a la elaboración de una teoría de la arquitectura. Muchos otros maestros, como Le Corbusier, han añadido a la definición coloquial otros conceptos como la luz, el volumen, la razón, etcétera.

Sin embargo, está claro que la filosofía tiene un calado conceptual de dimensiones mucho mayores que cualquier teoría de la arquitectura elaborada desde el interior de nuestro propio gremio. Es lógico que una disciplina técnica que contiene grandes lagunas humanísticas como la arquitectura, recurra a un campo de conocimiento especializado como la estética, para buscar respuestas a sus necesidades conceptuales.

Así lo ha hecho el arquitecto suizo-estadunidense Bernard Tschumi (Losana, 1944), quien ha recurrido a las Lecciones de estética, el volumen clásico de Georg Hegel (1770-1831), para extraer una “definición mínima de arquitectura”. Existen infinidad de traducciones del tratado de Hegel, escrito originalmente en alemán, pero prefiero traducir literalmente la cita que me parece más ajustada a la versión de donde Tschumi se inspira para extraerla: “La arquitectura... como arte de la externalidad, implica diferencias con la escultura que residen en que el objeto tenga su propio significado, o bien sea interpretado como un medio que satisface un fin externo a sí mismo y en última instancia dicha subordinación conserve simultáneamente la independencia del objeto de su utilidad”. En términos simples, Hegel afirma que la arquitectura es el arte de la externalidad. Cuando se le compara con la escultura, la arquitectura se diferencia de las demás bellas artes por la medida de utilidad que posee. Invariablemente debe servir a fines que sobrepasan su funcionalidad, y es precisamente en la independencia de estos fines estéticos, donde según el filósofo alemán, reside su condición de arte.

Lorenzo Rocha

jueves, 7 de julio de 2011

BUEN PLAN


Es frecuente encontrarse escritas en la prensa, o en alguna otra publicación, opiniones que coinciden con alguna reflexión propia. Muchas veces alguien más es capaz de exponer con claridad ideas que ha germinado en nuestras mentes, pero que hasta ese momento no habían sido plasmadas en “blanco y negro”.

Desde hace tiempo he reflexionado sobre el fenómeno urbano que tuvo lugar en Bilbao en la década de los noventa del siglo XX. La ciudad se encontró en la encrucijada socioeconómica más crítica de su historia reciente: la reconversión industrial dejo a la capital vizcaína sin un claro derrotero. Los despidos masivos de obreros de las siderúrgicas y los astilleros cerrados, dejaron un saldo social muy negativo que el ayuntamiento no sabía con certeza cómo afrontar. Sin embargo los dos alcaldes que gobernaron Bilbao de 1990 a 1999 (Gorordo y Ortuondo), supieron combinar la instalación de los servicios culturales y turísticos, con la promoción de la imagen de la ciudad, para contribuir decisivamente a su recuperación.

Se ha hablado y escrito infinidad de veces sobre el “Efecto Guggenheim”, pero una reflexión más profunda nos lleva a entender que el museo es sólo el barco insignia de una operación urbanística de altísimo nivel.

David Chipperfield —el arquitecto inglés encargado de construir la nueva sede de la Fundación/Coleccion Jumex— opina al respecto en una reciente entrevista concedida al magazine dominical de La Vanguardia, que se distribuye en España: “Bilbao es un museo, un edificio, pero también es una ciudad nueva [...] No sólo es el museo, es el metro, los parques, las casas, los puentes. El museo es sólo una parte de una iniciativa muy inteligente [...] otras ciudades no necesitan ser Bilbao, lo que necesitan es un buen plan”.

Quizá por esta razón los casos de ciudades que han intentado transformarse mediante un edificio emblemático (algunas incluso instalando una sede del propio Guggenheim) no han tenido, ni por asomo, los mismos resultados. Quien desee reflexionar sobre la situación de su ciudad, debe ir un paso más atrás y hurgar entre su propia problemática para encontrar la clave para la transformación urbana.

Lorenzo Rocha

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