jueves, 29 de enero de 2026

CATEGORÍAS DE ESTUDIO

Con mucha frecuencia recurro al texto “Las palabras y las cosas” escrito en 1966 por el filósofo francés Michel Foucault, por su amplia exploración de la “arqueología de las ciencias humanas”.

Para estudiar cualquier fenómeno, ya sea natural, social o cultural, es necesario establecer categorías taxonómicas que permitan ordenar los conocimientos para su referencia eficiente y precisa. No existen reglas universales para clasificar a las cosas, pero en todo estudio científico debe haber un criterio claro para establecer clases, categorías y grupos. Con ello, es posible identificar sus similitudes y hacer observaciones con ayuda de la estadística, para alcanzar conclusiones útiles.
Cuando observamos los comportamientos sociales y sus espacialidades en las culturas prehistóricas, no contamos con elemento alguno que nos guíe para su clasificación, más que los hallazgos arqueológicos disponibles. Son las piedras, los huesos y algunos utensilios los que nos relatan la vida de nuestros ancestros más remotos. En algunos casos, también hay figuras pintadas, esculpidas e incluso escritas en los sitios arquelógicos, desde luego son estos los elementos que pueden acercarnos más a entender a las civilizaciones estudiadas.
Foucault ha hecho una enumeración de las Heterotopías, de los “lugares otros”, que nos son sino aquellos sitios extraños, no habituales, pero presentes y yuxtapuestos a nuestras viviendas, comercios y lugares de trabajo. Estas también son categorías válidas para pensar las posibilidades de lo ajeno a nuestra vida cotidiana. La arquitectura de la antigüedad no pude clasificarse con criterios actuales, ya que las culturas ancestrales estaban organizadas de maneras distintas a la nuestra. En muchas culturas mesoamericanas no existía una distinción clara ni tajante entre la religión, la ciencia y la política, como existe ahora. Asi que clasificar sus edificios como “palacios”, “templos” u “observatorios astronómicos”, no sería realmente útil para comprenderlos.
Lorenzo Rocha

 

jueves, 22 de enero de 2026

ECOLOGÍA ÚNICA

El ser humano forma parte de su medio ambiente, las formas en que los demás organismos vivos se adaptan a las condiciones ambientales podría ser la clave para pensar el futuro de nuestra espacie, ahora que es tan urgente.

Mientras continuemos observando al medio ambiente como una entidad externa a nosotros y cuyos recursos se encuentran a nuestra entera disposición, no seremos capaces de aprender sobre las formas de pensamiento y acción que podrían ser indispensables para nuestra supervivencia como especie. El antropólogo británico Tim Ingold escribió: "No existe un proceso que se aplica a los humanos y otro distinto que se aplica a su medio ambiente, se trata de un solo proceso que se desenvuelve en tiempo real y gobierna en conjunto todo su desarrollo y crecimiento. No existe una ecología humana por una parte y el medio ambiente por la otra, sino una sola ecología que abarca a toda la realidad indivisible de los procesos vitales.”
Por ejemplo las plantas se asocian y compiten para sobrevivir. De hecho la simbiosis, el proceso mediante el cual dos o más especies de plantas cooperan para mejorar su situación para la exposición al sol, el acceso al agua y la protección frente a las inclemencias del clima, no es exactamente colaboración ni competencia, en el sentido como nosotros entendemos estos dos conceptos.
El análisis que los humanos hacemos sobre las formas de organización de los demás seres vivos han ayudado enormemente al desarrollo de la medicina. Pero es muy importante que consideremos que los comportamientos animales y vegetales no solamente son útiles desde el punto de vista del desarrollo de la ciencia y la tecnología. A veces el lenguaje tan sofisticado que poseemos nos impide apreciar con claridad la esencia de los fenómenos de los que somos parte y por lo tanto encontramos justificación para acciones que son dañinas para nuestra vida y la de muchas otras especies. Al ser humano le falta aún aceptar su verdadera dimensión e importancia, debemos trabajar para ser más humildes.
Lorenzo Rocha

 

jueves, 15 de enero de 2026

TÉCNICA Y FUNCIÓN

Durante el siglo XX, el pensamiento teórico de la arquitectura se concentró en los aspectos científicos de la construcción, en la eficiencia de los edificios basada en cuestiones tecnológicas, lo cual marginó a otros aspectos como el significado y la identidad de los proyectos.

Los criterios de valoración de las obras arquitectónicas, basados en su eficiencia funcional y en su nivel técnico, al parecer reducen a la actividad proyectual a una serie de reglas prácticas que deben aplicarse racionalmente. En este modo de concebir la arquitectura las características culturales de la disciplina aparentemente quedan relegadas a un segundo plano. Pero en sus fundamentos también las cuestiones de la práctica y de la técnica se pueden considerar como factores culturales. 
Pensando en el trinomio de origen griego: poesía-práctica-técnica, que se aplica en general al estudio de las bellas artes, podemos observar que ninguno de los tres aspectos es independiente de los demás. Quizá el problema de lo contemporáneo radica en que se haya establecido una jerarquía entre estos tres valores. En ese caso, se estaría estableciendo una separación inexistente entre ellos, lo cual puede revertirse con un estudio cabal de las repercusiones y consecuencias de los espacios habitables en la vida de las personas.
Todo ello apunta hacia las consideraciones sociológicas de los sistemas arquitectónicos y urbanos y la habilidad con la que los estudiosos los interpreten, de tal manera que se puedan difundir reflexiones que sean útiles para que las personas que ejercen la profesión puedan conseguir un mayor equilibrio entre las tres partes que componen su trabajo. Los proyectos más significativos alcanzan la excelencia simultáneamente en su concepción poética, en sus aspectos prácticos y en las técnicas constructivas que utilizan y los tres aspectos se refuerzan mutuamente, sin prevalecer ninguno por encima de otro.
Lorenzo Rocha

 

jueves, 8 de enero de 2026

PERTENENCIA

El geógrafo francés Jean-Marc Besse escribió en su excelente libro “Habitar”: “Hay un sentido humano en la arquitectura que la precede. Es en una reflexión sobre el habitar, sobre sus formas y contenidos, que este sentido humano aparece.”

Las personas necesitamos sentir que pertenecemos a una comunidad, que puede ser familiar, social, profesional o de cualquier otro tipo. Está claro de que se trata de una sensación subjetiva, pero es vital para el ser humano, pues solo nos reconocemos en los otros y nos validamos por sus opiniones y estímulos positivos.
Los lugares antropológicos son aquellos que nos aportan la posibilidad de habitarlos con sentido de pertenencia. Son lugares con significado, identidad e historia, atributos que dependen directamente de nuestra percepción subjetiva. ¿Es posible proyectar y construir con el objetivo de satisfacer la necesidad humana de pertenencia? Sin duda esta debería ser una aspiración de los arquitectos, pero más allá de la calidad de los espacios y su profundidad fenomenológica, los arquitectos no podemos hacer más para que los habitantes consideren suyos a los espacios diseñados.
Podríamos decir que la creación de lugares con sentido humano puede coincidir con la distribución y la forma de las casas y los edificios (privados y públicos) que diseñan los arquitectos, pero este sentido es mucho más amplio que el campo que abarca la profesión. Me parece que cuando una obra arquitectónica provoca el sentido de pertenencia en sus habitantes, lo hace hasta cierto punto por casualidad, ya que la organización de la vida de las personas a veces es conflictiva y desordenada, lo cual es imposible de prever en un proceso de diseño. Por estas razones probablemente son los edificios vernáculos y antiguos los que mayor sentido de pertenencia tienen para nosotros y por consecuencia, quedan excluidos gran parte de los proyectos contemporáneos e incluso los modernos.
Lorenzo Rocha 

jueves, 1 de enero de 2026

OBJETOS

Habitar es un verbo, pero el espacio es un sustantivo, vivir dentro de un espacio diseñado como un objeto acabado no corresponde con la realidad siempre cambiante de la vida humana.

Para habitar un espacio se requiere de una serie de objetos. Estos son los que establecen las diferencias entre los inmuebles, que tienden a permanecer fijos y los muebles, que pueden acomodarse de distintas maneras y sustituirse periódicamente por otros. Dentro de esta amplia gama de objetos se incluyen aquellos que son destinados al uso, como las mesas, sillas, camas, sofás, lámparas, etcétera y otros que forman parte de la decoración del interior de la casa, como adornos, obras de arte, fotografías familiares y todo aquello que carece de utilidad práctica, pero es necesario para la vida cotidiana.
Una casa o apartamento habitado por una persona o familia específica adquiere ciertos elementos que expresan la personalidad de sus habitantes. Incluso si estas mismas personas se mudan a otra casa o edificio, esos rasgos particulares suelen repetirse en su nueva vivienda. Si hiciéramos el ejercicio de fotografiar nuestros espacio personales a lo largo del tiempo, podríamos descubrir sin duda muchos aspectos de nuestras preferencias relacionadas con nuestra forma personal de habitar, las cuales se traducen en nuestros propios objetos.
Desde la perspectiva de los profesionales en arquitectura es un placer, al menos para mí, observar como las personas se “apropian” de sus espacios de vivienda y trabajo, cómo los transforman. Un mismo tipo de apartamento o estudio puede ser radicalmente diferente según quien lo habite. Debemos ser conscientes de que nuestra labor como arquitectos no consiste en intentar controlar la vida de las personas, sino producir espacios flexibles que contribuyan a la libre expresión de los gustos y rasgos personales de sus habitantes, sin crear ningún tipo de obstáculo para su pleno desarrollo.
Lorenzo Rocha 

viernes, 26 de diciembre de 2025

LA CASA

Hay un pasaje bíblico muy interesante que expresa la importancia profunda de la morada del hombre y su relación con lo sagrado, que no siempre depende de cuestiones teológicas: ”Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan quienes la construyen”.

La casa en la que cada persona vive está relacionada con la arquitectura, pero va mucho más allá de esta. Tomemos como ejemplo un apartamento común, que forma parte de un proyecto más amplio: el edificio, pero hacia el interior cada uno se diferencia de acuerdo a las costumbres de la persona o de la familia que lo habita y con ello, se distingue o se independiza del proyecto arquitectónico original. No puede existir un apartamento si no hay un proyecto arquitectónico y estructural adecuado, pero estas condiciones no son suficientes para hacer de él un hogar. Si pensamos en una casa que ocupa un terreno urbano o rural, en la gran mayoría de los casos, al menos en nuestro país, se construye con los recursos y conocimientos de sus habitantes y muchas veces sin la intervención de profesionales, haciendo de ella un asunto totalmente ajeno a la arquitectura.
Lo que define una casa es quien la habita, en su aspecto privado y a su vez la casa lo define a él hacia el exterior, en el ámbito público. Ninguna casa o apartamento se puede separar de su contexto físico y cultural, pero al mismo tiempo cada una es diferente de las demás. Por otra parte, es de gran importancia el cuidado que los habitantes tienen de sus viviendas, darles el mantenimiento que requieren y en ciertas acciones que tienden a embellecerla y decorarla, como la jardinería. Esto expresa la dignidad con la que las personas viven y cómo contribuyen al bienestar de sus comunidades o de sus barrios. En caso contrario también las casas expresan las carencias y problemas que pueden tener sus habitantes, en ocasiones el descuido y el abandono muestran un cierto egoísmo o conducta anti-social.
Lorenzo Rocha 

jueves, 18 de diciembre de 2025

BELLO Y JUSTO

Alberto Pérez Gómez escribió en 2012, un breve ensayo titulado “Lo bello y lo justo en la arquitectura: convergencias hacia una práctica cimentada en el amor”. En el texto hace hincapié en que no es la parte tecnológica la que hace de la arquitectura una actividad significativa para la vida humana.

El resultado de la aplicación cabal de la estética y de la ética a la práctica arquitectónica, da como resultado construcciones bellas y justas. Amabas condiciones son necesarias y deben cumplirse simultáneamente, es muy difícil concebir una sin la otra, para afirmar que el resultado construido aporta elementos significativos al contexto cultural donde se edifica. Pero lo que Pérez Gómez explica como “una práctica comentada en el amor”, va mucho más lejos que la belleza y la justicia y entra en el campo de la afectividad.
Una arquitectura auténticamente poética contribuye a la conciencia humana de identidad en el lugar, la cual no es una racionalización de lo que se presenta en la construcción, sino una profunda relación existencial entre los individuos y sus espacios habitables. Por ello, el teórico mexicano afirma: “La importancia fundamental de la arquitectura y el diseño urbano es que son disciplinas llamadas a dar lugar a lo maravilloso de lo cotidiano que existe a priori en el mundo encarnado, incluso a un sentido de lo sagrado que no es dependiente de religiones o posiciones teológicas.”
Dicha arquitectura sería capaz entonces de proveer a las personas con entornos significativos, situados en armonía con la naturaleza y con la cultura. Estas condiciones superan a los aspectos ornamentales, escénicos y técnicos en los que está centrada la práctica arquitectónica actual, incluso aquella de vanguardia.
La teoría de la arquitectura tiene el propósito de que quienes nos dedicamos al diseño comprendamos con profundidad la situación por la que atraviesa nuestra disciplina: la pérdida de su significado profundo.
Lorenzo Rocha

 

Buscar este blog

Seguidores

Archivo del blog

Colaboradores