Con mucha frecuencia recurro al texto “Las palabras y las cosas” escrito en 1966 por el filósofo francés Michel Foucault, por su amplia exploración de la “arqueología de las ciencias humanas”.
Para estudiar cualquier fenómeno, ya sea natural, social o cultural, es necesario establecer categorías taxonómicas que permitan ordenar los conocimientos para su referencia eficiente y precisa. No existen reglas universales para clasificar a las cosas, pero en todo estudio científico debe haber un criterio claro para establecer clases, categorías y grupos. Con ello, es posible identificar sus similitudes y hacer observaciones con ayuda de la estadística, para alcanzar conclusiones útiles.
Cuando observamos los comportamientos sociales y sus espacialidades en las culturas prehistóricas, no contamos con elemento alguno que nos guíe para su clasificación, más que los hallazgos arqueológicos disponibles. Son las piedras, los huesos y algunos utensilios los que nos relatan la vida de nuestros ancestros más remotos. En algunos casos, también hay figuras pintadas, esculpidas e incluso escritas en los sitios arquelógicos, desde luego son estos los elementos que pueden acercarnos más a entender a las civilizaciones estudiadas.
Foucault ha hecho una enumeración de las Heterotopías, de los “lugares otros”, que nos son sino aquellos sitios extraños, no habituales, pero presentes y yuxtapuestos a nuestras viviendas, comercios y lugares de trabajo. Estas también son categorías válidas para pensar las posibilidades de lo ajeno a nuestra vida cotidiana. La arquitectura de la antigüedad no pude clasificarse con criterios actuales, ya que las culturas ancestrales estaban organizadas de maneras distintas a la nuestra. En muchas culturas mesoamericanas no existía una distinción clara ni tajante entre la religión, la ciencia y la política, como existe ahora. Asi que clasificar sus edificios como “palacios”, “templos” u “observatorios astronómicos”, no sería realmente útil para comprenderlos.
Lorenzo Rocha

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