Tanto en las grandes ciudades, como en aquellas que están en proceso de crecimiento, la especulación inmobiliaria provoca que la oferta de espacios sea inicua y a veces exagerada. Mientras que algunos periodos una zona de la ciudad esté sobrepoblada, al mismo tiempo tiempo puede haber áreas enteras desocupadas dentro de la misma ciudad, en espera de variación en el mercado inmobiliario.
Podríamos decir que hoy en día la especulación forma parte indisociable del mercado inmobiliario, el cual tiene, a diferencia de otros bienes y servicios, plazos muy largos para su total desarrollo. Un proyecto inmobiliario específico puede caer en la quiebra durante un período de crisis, para ser retomado muchos años más tarde y a la larga resultar un negocio benéfico para su propietario. Pero en el camino son los usuarios quienes sufren las consecuencias, adquiriendo hipotecas bancarias que se vuelven impagables y en algunos casos, subsisten aunque el bien haya sido embargado.
¿Qué destino puede tener un espacio que se encuentra vacío en pleno centro de la ciudad? Las palabras clave para la respuesta a esta difícil pregunta son muy sencillas: cesión temporal. En Inglaterra se inició en 2009 el proyecto Meanwhile (“Mientras tanto”), una asociación civil que trabaja con propietarios, inquilinos potenciales y autoridades locales para posibilitar el uso de espacios vacíos que beneficien a la comunidad, mientras se busca una solución comercial apropiada para éstos.
En la esquina del Eje Central Lázaro Cárdenas y la avenida Arcos de Belén, en pleno Centro histórico de la ciudad de México, hay un enorme edifico de 15 niveles que fue abandonado durante su construcción hace más de 20 años. El inmueble está parcialmente ocupado por personas indigentes y sirve de almacén para muchos de los productos que son vendidos en las calles aledañas, Sin embargo, la ocupación no está organizada y sus pobladores se encuentran en grave peligro, en caso de que la estructura falle durante un terremoto.
En 2003 el artista conceptual Santiago Sierra, realizó una acción efímera en el sitio que llamó “Edificio iluminado”. Según el crítico David Torres, la iluminación nocturna del edificio “señala un elemento destacado del conflicto social en medio de la ciudad de México, marcada por la convivencia de clases con gran poder adquisitivo en paralelo a grandes bolsas de pobreza”, Si bien el este edificio no ha servido a su finalidad inicial, la cual seguramente habría sido comercial, su presencia en el contexto urbano, cataliza otros mecanismos sociales por ser un elemento insoslayablemente contradictorio.
Lorenzo Rocha
jueves, 17 de enero de 2013
jueves, 10 de enero de 2013
FRAGMENTOS SOBRE BARRAGÁN
A veces los materiales suplementarios contenidos en las ediciones en dvd de películas o documentales son tan buenos o mejores que el propio contenido principal. Tal es el caso del documental dirigido en 2010 por el cienasta finlandés Rax Rinnekangas, que muestra su particular visión sobre la Casa-Estudio de Luis Barragán de 1947. El dvd literalmente no tiene desperdicio, ya que contiene una disertación comparativa acerca de la casa del arquitecto mexicano, en relación a la Villa Mairea del arquitecto finlandés Alvar Aalto, construida en 1938. Dicho análisis realizado por otro arquitecto finlandés, Juhani Pallasmaa —quien es autor del breve clásico literario “Los ojos de la piel”— se llevó a cabo en la casa diseñada por Aalto y se centra en la característica compartida de ambas obras, que están arraigadas una tradición local, sobre la cual gravita un espíritu crítico que las hace pertenecer al arte universal.Pallasmaa distingue como diferencias principales entre ambas casas, el caracter social de la Villa Mairea, en cierto modo opuesto a la espiritualidad y condición metafísica de la Casa Barragán. El arquitecto afirma que la escalera suspendida del muro, que conduce de la biblioteca de la Casa-Estudio a la oficina privada de Barragán, es un elemento onírico similar a todo elemento presente en cualquier otra forma de arte, este mismo elemento onírico también se encuentra en la Villa Mairea.
Las obras de arte se perciben en una realidad dual que se compone de la experiencia de la obra en el presente, en su vertiente objetual, pero además el objeto de arte se percibe simultánemente en una segunda realidad, en aquella de la fantasía y el ensueño que trasciende a la experiencia presente y permanece impresa en la memoria del espectador, por mucho tiempo después de haber percibido físicamente la obra.
Barragán ha sido nombrado en diferentes ocasiones como “el arquitecto del silencio”, en sus obras siempre tuvo la intención de conseguir ambientes serenos y tranquilos, donde se pudiera disfrutar del silencio. La presencia del sonido, por ejemplo el agua de sus fuentes, no existe más que para enfatizar el silencio. Del mismo modo, los sonidos ambientales como las aves y hasta sonidos lejanos de automóviles o aviones, se amplifican en la arquitectura silenciosa del arquitecto tapatío, de modo similar a las obras silenciosas del compositor estadunidense John Cage. La obra de Barragán nos confirma que el arte que emana de la tradición local puede integrarse perfectamente con la modernidad.
Lorenzo Rocha
jueves, 3 de enero de 2013
RUINAS ETERNAS
Las ruinas de las ciudades y centros ceremoniales de nuestro pasado prehispánico, provocan siempre una sensación un tanto distópica, además de la desconexión histórica que representan. Son indudablemente una parte viva de nuestra cultura, aunque se encuentren deshabitadas y tengamos tan poca información acerca de su acontecer cotidiano. Sobre todo muestran la discontinuidad de nuestro relato histórico oficial, cuya historiografía moderna se alinea con el devenir de la vertiente occidental del pasado mexicano, sin tomar en cuenta todos los datos de la historia nacional.
Entre estos hechos se encuentra uno, muy poco comentado, que se relaciona con la cultura maya. Dicha civilización es una de las que más tiempo ha prevalecido en la historia mundial, los mayas existieron como pueblo establecido en la península de Yucatán desde el Siglo III antes de Cristo, hasta el Siglo XVIII de nuestra era. Los mayas, en particular los itzaes resistieron a la conquista española en Tikal y las orillas del lago Petén desde el año 1511 hasta 1697, en que finalmente fueron sometidos. Los itzaes habían sobrevivido a la caída de la ciudad de Mayapán por una guerra civil en 1460 y habían emigrado hasta la selva espesa del Petén. Por la inaccesibilidad de la zona, esta tribu siempre estuvo al corriente de la llegada de los españoles y de la conquista de su región, pero prefirieron permanecer al margen de la guerra sabiendo que el hombre blanco no podría llegar hasta ellos. Esto significa que mientras en México estaba en auge el virreinato y en Europa iniciaba la reforma de la Iglesia Católica, en Yucatán aun se conservaba una ciudad que seguía plenamente la cultura y cosmogonía maya, además de continuar con la construcción de sus templos polícromos.
La arquitectura y urbanismo prehispánicos han tenido poca influencia material en la forma de las ciudades contemporáneas, exceptuando unos pocos casos donde se manifiestan de modo formal como es el caso de arquitectos como Agustín Hernández y David Muñoz. Sin embargo, en esencia existen algunas ligas conceptuales entre los monumentales espacios públicos de Teotihuacán con espacios públicos contemporáneos como el Zócalo capitalino, la unidad Tlatelolco y el campus de la Ciudad Universitaria. La amplitud del espacio abierto en la arquitectura mexicana es una característica que solamente puede provenir de la vertiente prehispánica de nuestra cultura, ya que no existen ejemplos similares en las demás culturas que han influido en la evolución de nuestra arquitectura y espacio urbano.
Lorenzo Rocha
Entre estos hechos se encuentra uno, muy poco comentado, que se relaciona con la cultura maya. Dicha civilización es una de las que más tiempo ha prevalecido en la historia mundial, los mayas existieron como pueblo establecido en la península de Yucatán desde el Siglo III antes de Cristo, hasta el Siglo XVIII de nuestra era. Los mayas, en particular los itzaes resistieron a la conquista española en Tikal y las orillas del lago Petén desde el año 1511 hasta 1697, en que finalmente fueron sometidos. Los itzaes habían sobrevivido a la caída de la ciudad de Mayapán por una guerra civil en 1460 y habían emigrado hasta la selva espesa del Petén. Por la inaccesibilidad de la zona, esta tribu siempre estuvo al corriente de la llegada de los españoles y de la conquista de su región, pero prefirieron permanecer al margen de la guerra sabiendo que el hombre blanco no podría llegar hasta ellos. Esto significa que mientras en México estaba en auge el virreinato y en Europa iniciaba la reforma de la Iglesia Católica, en Yucatán aun se conservaba una ciudad que seguía plenamente la cultura y cosmogonía maya, además de continuar con la construcción de sus templos polícromos.
La arquitectura y urbanismo prehispánicos han tenido poca influencia material en la forma de las ciudades contemporáneas, exceptuando unos pocos casos donde se manifiestan de modo formal como es el caso de arquitectos como Agustín Hernández y David Muñoz. Sin embargo, en esencia existen algunas ligas conceptuales entre los monumentales espacios públicos de Teotihuacán con espacios públicos contemporáneos como el Zócalo capitalino, la unidad Tlatelolco y el campus de la Ciudad Universitaria. La amplitud del espacio abierto en la arquitectura mexicana es una característica que solamente puede provenir de la vertiente prehispánica de nuestra cultura, ya que no existen ejemplos similares en las demás culturas que han influido en la evolución de nuestra arquitectura y espacio urbano.
Lorenzo Rocha
jueves, 27 de diciembre de 2012
MEDIOS MÚLTIPLES
El paradigma general del arte reciente —al menos durante los últimos 20 años— se relaciona estrechamente con la multiplicidad de los medios utilizados por los artistas. Antes de los años sesenta, los artistas se especializaban en una, máximo dos formas de producción, había pintores, escultores, arquitectos y todos quedaban dentro de la clasificación general de las Bellas Artes. Ahora es muy claro para la mayoría de las personas que los artistas utilizan los medios que necesitan para su expresión y pueden variar de una obra a otra. El mismo artista puede realizar una serie de pinturas durante un tiempo y después realizar un video sin que esto le encasille en ninguna de ambas técnicas.
Quiza por esto es sorprendente y aún más original la obra de Guy de Cointet, que se expone actualmente en la galeria central de la Fundación-colección Jumex. En la muestra podemos apreciar principalmente obra gráfica, videos que documentan puestas en escena escritas por el artista y algunas esculturas. Sin embargo, las piezas performativas que fueron ejecutadas en el mes de noviembre y continuarán en enero, llaman la atención por la relación de la literatura del artista francés, con sus piezas gráficas y el uso del espacio.
Resulta particulamente atractiva una pieza titulada “My Father’s Diary” (“El diario de mi padre”, escrita en 1975). En la pieza, la cual ha sido tradicionalmente actuada por Mary Ann Duganne, se muestran una serie de composiciones gráficas atadas entre sí como una suerte de gran libro, cuyo contenido no tiene aparentemente mucho que ver con el texto de la pieza. Sin embargo, la experiencia de la pieza en su conjunto (texto-actuación-gráfica), es muy distinta a de las partes por separado. El texto es muy interesante, pero como toda pieza literaria, evoca imágenes mentales muy distintas a las que se encuentran en la obra gráfica. Por lo cual, cuando disfrutamos de la puesta en escena, ya sea en directo o mediante el documento en video, nuestra atención se divide entre los materiales visuales y auditivos de los que inevitablemente buscamos tengan sentido o concordancia entre ellos. Es precisamente esta especie de estridencia la que hace del trabajo de Cointet un ejemplo de un modo muy personal de creación multimediática. Tomando en cuenta que su trabajo casi cumple 40 años de haber sido creado, nos encontramos con una fuente de inspiración que nos muestra que las relaciones entre los objetos que se colocan en un espacio determinado darán siempre lugar a nuevas, fascinantes y distintas interpretaciones.
Lorenzo Rocha
Quiza por esto es sorprendente y aún más original la obra de Guy de Cointet, que se expone actualmente en la galeria central de la Fundación-colección Jumex. En la muestra podemos apreciar principalmente obra gráfica, videos que documentan puestas en escena escritas por el artista y algunas esculturas. Sin embargo, las piezas performativas que fueron ejecutadas en el mes de noviembre y continuarán en enero, llaman la atención por la relación de la literatura del artista francés, con sus piezas gráficas y el uso del espacio.
Resulta particulamente atractiva una pieza titulada “My Father’s Diary” (“El diario de mi padre”, escrita en 1975). En la pieza, la cual ha sido tradicionalmente actuada por Mary Ann Duganne, se muestran una serie de composiciones gráficas atadas entre sí como una suerte de gran libro, cuyo contenido no tiene aparentemente mucho que ver con el texto de la pieza. Sin embargo, la experiencia de la pieza en su conjunto (texto-actuación-gráfica), es muy distinta a de las partes por separado. El texto es muy interesante, pero como toda pieza literaria, evoca imágenes mentales muy distintas a las que se encuentran en la obra gráfica. Por lo cual, cuando disfrutamos de la puesta en escena, ya sea en directo o mediante el documento en video, nuestra atención se divide entre los materiales visuales y auditivos de los que inevitablemente buscamos tengan sentido o concordancia entre ellos. Es precisamente esta especie de estridencia la que hace del trabajo de Cointet un ejemplo de un modo muy personal de creación multimediática. Tomando en cuenta que su trabajo casi cumple 40 años de haber sido creado, nos encontramos con una fuente de inspiración que nos muestra que las relaciones entre los objetos que se colocan en un espacio determinado darán siempre lugar a nuevas, fascinantes y distintas interpretaciones.
Lorenzo Rocha
jueves, 20 de diciembre de 2012
ACCIDENTES TOPOGRÁFICOS
El factor condicionante más notorio para el proyecto arquitectónico son sin duda las características del terreno donde se planea edificar. Todo proceso de diseño inicia con trabajo de campo e investigación. En el caso de la arquitectura, antes de comenzar a dibujar, es necesaria la visita de rigor al lugar en busca de sus accidentes topográficos. De dichos accidentes, el más común es la pendiente, por tanto se les llama, “accidentados” a los terrenos con declives pronunciados. Un relieve o levantamiento topográfico basta para conocer las características de la superficie del terreno, realizado mediante las coordenadas que arroja la observación del lugar con ayuda del teodolito.
De ahí se pasa a registrar si el terreno cuenta con árboles importantes que puedan ser obstáculos para lograr el óptimo aprovechamiento del solar, o bien que puedan ser considerdos puntos focales o de interés para el futuro edificio. En ese sentido, los árboles no son propiamente accidentes, ya que de su localización dentro del lugar, depende su interpretación como elementos que benefician o perjudican al partido que pueda sacarse de la superficie del terreno.
En tercer lugar, el arquitecto forzosamente debe observar todos los elementos no solamente visibles sino perceptibles, del contexto circundante a su solar, sobre todo si se encuentra en un ambiente intensamente urbanizado. A veces el ruido o los olores pueden ser elementos contextuales importantes y se pueden construir barreras arquitectónicas para protegerse de éstos, asimismo para la orientación de la ventanas deben considerar elementos contextuales atractivos o repulsivos.
Por todas estas razones, aparte de los factores socioeconómicos, el proyecto arquitectónico práticamente lo hace el lugar. Sin embargo, se requiere de una sensibilidad especial para ser capaces de interpretar todos los factores físicos de un lugar determinado para que los espacios proyectados y construidos tengan un resultado satisfactorio.
El trabajo del arquitecto es una labor artística que se asemeja a las obras de intervención espacial y de paisaje que muchos escultores utilizan en la actualidad y que se clasifica en términos generales como instalación o intervención. Recordemos el trabajo de los artistas minimalistas de los años sesenta, como Michael Heizer y su célebre “Double Negative”, un corte hecho a una montaña en el desiero de Nevada. En efecto, el arquitecto “interviene” el solar asignado para su proyecto, para dotarlo de habitabilidad y confort.
Lorenzo Rocha
De ahí se pasa a registrar si el terreno cuenta con árboles importantes que puedan ser obstáculos para lograr el óptimo aprovechamiento del solar, o bien que puedan ser considerdos puntos focales o de interés para el futuro edificio. En ese sentido, los árboles no son propiamente accidentes, ya que de su localización dentro del lugar, depende su interpretación como elementos que benefician o perjudican al partido que pueda sacarse de la superficie del terreno.
En tercer lugar, el arquitecto forzosamente debe observar todos los elementos no solamente visibles sino perceptibles, del contexto circundante a su solar, sobre todo si se encuentra en un ambiente intensamente urbanizado. A veces el ruido o los olores pueden ser elementos contextuales importantes y se pueden construir barreras arquitectónicas para protegerse de éstos, asimismo para la orientación de la ventanas deben considerar elementos contextuales atractivos o repulsivos.
Por todas estas razones, aparte de los factores socioeconómicos, el proyecto arquitectónico práticamente lo hace el lugar. Sin embargo, se requiere de una sensibilidad especial para ser capaces de interpretar todos los factores físicos de un lugar determinado para que los espacios proyectados y construidos tengan un resultado satisfactorio.
El trabajo del arquitecto es una labor artística que se asemeja a las obras de intervención espacial y de paisaje que muchos escultores utilizan en la actualidad y que se clasifica en términos generales como instalación o intervención. Recordemos el trabajo de los artistas minimalistas de los años sesenta, como Michael Heizer y su célebre “Double Negative”, un corte hecho a una montaña en el desiero de Nevada. En efecto, el arquitecto “interviene” el solar asignado para su proyecto, para dotarlo de habitabilidad y confort.
Lorenzo Rocha
martes, 18 de diciembre de 2012
VISITA DE PILAR VILLELA
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En muchos sentidos, el centro histórico de la
ciudad de México es un caso paradigmático para ilustrar cierta definición de la
urbe: aquella que no la entiende como algo que depende de cierta ordenación del
espacio, ni como algo susceptible de ser conformado de manera permanente por
ninguna clase de reglamento o determinación previa; sino como algo contingente,
el resultado de un conjunto de negociaciones entre diversos agentes donde
ninguno tiene la última palabra por demasiado tiempo. Los habitantes del centro
conviven con comercios formales e informales de toda índole, industrias
artesanales y semi-artesanales, toda clase de servicios, una concentración
considerable de centros culturales, y un número muy considerable de
clientes/usuarios/paseantes y demás nomaseantes. Todo esto ocurre en una
ordenación que, por un lado, raya en lo medieval (calles dedicadas a la
bisutería, la fotografía, los libros viejos, las boneterías, etc.) y por el
otro, en el queso gruyere.
Basta ir al
Centro—como decimos los que no vivimos en el Centro—para volverse partícipe de
la negociación. Así, entre la calle de la ropa y la de las papelerías, sobre
Correo Mayor, después de pasar por la infinidad de tiendas desbordadas sobre el
arroyo, las múltiples barreras sónicas del bara-bara grupero, y el tumulto de
las aceras para alcanzar el número 109. En uno de los pisos
superiores—inhabilitado como bodega por varias determinaciones que tienen más
que ver con una sana facticidad que con cualquier reglamento de protección
civil—está la Oficina de Arte.
Como
en muchos de esos huecos que se abren en el centro histórico, aquí el bullicio
de la calle da lugar a un espacio silencioso y amplio dividido en once
estudios. Estos espacios se rentan a artistas que, previo proceso de selección,
los ocupan por un lapso mínimo de seis meses para desarrollar algún proyecto. A
diferencia de otro tipo de proyectos, la Oficina de Arte plantea varias
cuestiones interesantes en términos de producción. Por una parte es un proyecto
sustentable, que no requiere de apoyos gubernamentales o corporativos para
funcionar y que ofrece una estrategia eficiente de ocupar uno de los muchos
huecos del queso gruyere. Por la otra (y –he de decirlo-omitiendo toda clase de
declaraciones grandilocuentes al respecto) fomenta una forma de trabajar que es
harto infrecuente precisamente por las restricciones que imponen los espacios
de trabajo. Por lo general, cuando un artista deja la escuela, es raro que
vuelva a tener la oportunidad de ver cómo se desarrolla el trabajo de sus pares
hasta que éste llega a ese espacio tan ficticio como conflictivo que son las
galerías y las salas de exhibición de los museos y otros centros culturales. El
proceso, que alguna vez fue fundamental para la obra, sólo está presente ahí en
términos de producto terminado. Incluso en las muestras que se precian de destacar esta cualidad, todo
el andamiaje y el condicionamiento que implica un espacio de exhibición está destinado a la visita
única, a la obra como culminación de algo. Es quizá por eso que, por ejemplo,
las muestras que acumulan los documentos que rinden testimonio de un proceso,
resulten tan engorrosas para aquel que las visita como público.
Si bien los artistas que trabajan en la
Oficina de Arte no tienen un proyecto en común, ni funcionan como un colectivo,
hay en el desarrollo de su trabajo algo que proviene de esta convivencia: un
interés por la obra como pregunta, como el desarrollo paulatino y laborioso de
un objeto o una situación. Si bien no hay espacio aquí para tratar de cada uno
de los proyectos de manera individual, al haber sido testigo de la mayoría de
ellos en un momento temprano de su producción me limitaré a mencionar algunos
puntos en común que si bien no están reflejados en sus soluciones formales, me
parecieron muy llamativos en tanto que síntomas de una coyuntura como la que
describía en las primeras líneas de este texto.
Ya sea que
se trate de modificar un espacio específico para la percepción, de narrar una
ocupación kafkiana de un espacio cíclico, de describir los flujos informáticos
que conforman el tejido social, de rescatar las narrativas de una comunidad
específica, de crear algo a partir de los desechos que va dejando la ciudad, de
fabricar hitos que re-ordenen el espacio por medio de su significado o de
establecer un catálogo de identidades y diferencias a partir de una experiencia
personal, la mayoría de estas obras apuntan a la cartografía. No quiero decir
aquí (no lo sé) si los proyectos manifiestan esta necesidad de trazar mapas—es
decir, de volver ininteligible una extensión inabarcable para los sentidos—porque este haya sido un
criterio determinante a la hora de la selección o si el entorno particular del
centro haya afectado estas predilecciones. Sin embargo, no creo que sea así,
más bien tiendo a creer que el arte- o aquello que aún subsiste con ese nombre
y se aferra a sus viejas vocaciones-todavía se justifica por aquella vieja
necesidad de crear sentido y que en un mundo donde la confusión de un lugar
puede ser paradigmática, estos artistas- como todos nosotros- nos ofrecen
formas de trazar caminos que vuelvan la realidad transitable o por lo menos, un
poco más inteligible.
Pilar Villela. Diciembre de 2012.
jueves, 13 de diciembre de 2012
DISTINTAS MIRADAS
La conexión entre la arquitectura moderna y la fotografía ha sido tan intensa durante las últimas 12 décadas, que sus nexos van desde lo ideológico hasta lo conceptual. Muchos arquitectos prefieren trabajar con fotógrafos que compartan con ellos ideas afines respecto a sus obras, para así ser capaces de desarrollar un trabajo en conjunto que sea satisfactorio para ambos artistas y por supuesto, atractivo para el público. En este aspecto también juegan un papel importante las casas editoriales y las revistas especializadas en arquitectura, pero también influyen medios no especializados, como los periódicos y las revistas semanales de los mismos. Esto da lugar al productivo trinomio arquitecto-fotógrafo-editor.
Ambas artes siguen unidas hasta nuestros días, pero su interdependencia varía considerablemente de un arquitecto a otro y lo mismo sucede en el caso de los fotógrafos. La mayoría de los edifcios singulares contemporáneos han sido retratados por más de un fotógrafo profesional, lo cual permite establecer comparaciones interesantes entre unas y otras miradas del mismo edificio.
Por ejemplo, la casa Van Middelem-Dupont construida en Oudenburg, Bélgica, fue diseñada en 2003 por el arquitecto portugués Álvaro Siza y ha sido fotografiada al menos por dos importantes artistas: Roland Halbe y Duccio Malagamba. La casa aparece de manera distinta en los trabajos de ambos, las fotografías realizadas por Malagamba son tomas muy escorzadas, por lo cual su geometría aparenta ser mucho más espectacular que en la serie de su colega, Roland Halbe, quien hizo más tomas frontales y acercamientos donde se aprecian mejor las texturas y los materiales de los que está construida la casa.
En las Termas de Vals en Suiza, diseñadas en 1996 por Peter Zumthor, encontramos otro interesante ejemplo del ejercicio visual realizado por dos fotógrafos distintos. Las imágenes captadas por Hans Danuser y Hélène Binet comparten el interés por todos los matices que la luz natural da al extraordinario edificio. Sin embargo, las fotografías de Danuser, en blanco y negro, muestran espacios más etéreos, mucho menos materiales y concretos que los que podemos apreciar en las tomas de Binet, que fueron realizadas en color.
De cualquier modo, el talento tanto de los arquitectos como de los fotógrafos nos auguran un continuo y mutuo enriquecimiento de ambas artes, independientemente de que sus circunstancias particulares y desarrollo sean tan distintos, seguramente seguirán aportando para nosotros, visiones novedosas y profundas de los espacios que retratan.
Lorenzo Rocha
Ambas artes siguen unidas hasta nuestros días, pero su interdependencia varía considerablemente de un arquitecto a otro y lo mismo sucede en el caso de los fotógrafos. La mayoría de los edifcios singulares contemporáneos han sido retratados por más de un fotógrafo profesional, lo cual permite establecer comparaciones interesantes entre unas y otras miradas del mismo edificio.
Por ejemplo, la casa Van Middelem-Dupont construida en Oudenburg, Bélgica, fue diseñada en 2003 por el arquitecto portugués Álvaro Siza y ha sido fotografiada al menos por dos importantes artistas: Roland Halbe y Duccio Malagamba. La casa aparece de manera distinta en los trabajos de ambos, las fotografías realizadas por Malagamba son tomas muy escorzadas, por lo cual su geometría aparenta ser mucho más espectacular que en la serie de su colega, Roland Halbe, quien hizo más tomas frontales y acercamientos donde se aprecian mejor las texturas y los materiales de los que está construida la casa.
En las Termas de Vals en Suiza, diseñadas en 1996 por Peter Zumthor, encontramos otro interesante ejemplo del ejercicio visual realizado por dos fotógrafos distintos. Las imágenes captadas por Hans Danuser y Hélène Binet comparten el interés por todos los matices que la luz natural da al extraordinario edificio. Sin embargo, las fotografías de Danuser, en blanco y negro, muestran espacios más etéreos, mucho menos materiales y concretos que los que podemos apreciar en las tomas de Binet, que fueron realizadas en color.
De cualquier modo, el talento tanto de los arquitectos como de los fotógrafos nos auguran un continuo y mutuo enriquecimiento de ambas artes, independientemente de que sus circunstancias particulares y desarrollo sean tan distintos, seguramente seguirán aportando para nosotros, visiones novedosas y profundas de los espacios que retratan.
Lorenzo Rocha
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