El semiólogo brasileño Décio Pignatari escribió acerca de una silla de Gerrit Rietveld: “Esta no es exactamente una silla, es un pensamiento, es un manifiesto neoplasticista. Es una silla pensando la silla, aspirando a ser todas las sillas posibles”.
Consideremos un objeto de uso cotidiano, como por ejemplo una silla. Las sillas forman parte del mobiliario de casi todos los espacios y aunque las usamos diariamente en el trabajo y en la casa, quizá no hemos pensado en algunas de sus características. Lo más importante de una silla es que sea cómoda, que sus medidas sean adecuadas al cuerpo humano y que sus materiales sean suaves para que no nos causen molestias, esto se llama ergonomía. Además de ello, también es indispensable que la silla sea resistente y al mismo tiempo accesible económicamente.
Todo ello apunta al propósito del objeto a su utilidad para las personas, pero esto no es suficiente. La silla también debe ser bella. Este es el dilema del diseño, el equilibrio que debe haber entre lo útil y lo bello. Puede haber sillas muy bellas a la vista, pero inaceptablemente incómodas e imprácticas. Esto no haría que perdieran su belleza, pero ¿podríamos seguir llamándolas “sillas” aunque no nos sentáramos en ellas?
Hay varios ejemplos que ilustran este dilema: la silla “Zig zag” diseñada por Rietvled en 1934, la silla plegable “Frei Egidio” creada por Lina Bo Bardi en 1987 con Marcelo Ferraz y la “Silla 42”, del artista Donald Judd para la Fundación Chinati en 1982. Casualmente estas sillas son todas de madera barnizada, sus asientos son planos, cuadrados y carecen de ningún tipo de recubrimiento acolchonado. Todas estas son piezas exhibidas en museos por todo el mundo y rara vez se utilizan, en parte porque se deben conservar y también porque son muy incómodas. Estas famosas sillas han trascendido su propósito original como asientos a una categoría objetual distinta, la del “objeto bello”, separándose de su origen esencial para convertirse en símbolos, en ideas.
Lorenzo Rocha
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