jueves, 28 de enero de 2016

CAMPO DE BATALLA


Durante el verano de este año se llevará a cabo la decimoquinta edición de la Bienal de Venecia, dedicada a la arquitectura. En esta ocasión el título de la muestra será: Reporting from the Front ("Noticias desde el frente").
El curador en esta ocasión es el arquitecto chileno Alejandro Aravena, ganador también del premio Pritzker de este año, el galardón más prestigioso para el gremio de la arquitectura. Aravena se ha distinguido por su capacidad crítica, por lo cual, la presente edición de la Bienal de Venecia, promete ser un foro de discusión sobre la situación actual de la profesión.
En la descripción del concepto de la muestra, el arquitecto declara: "Para mejorar el entorno construido y por ende, la calidad de vida de las personas, hay batallas que deben ganarse y fronteras que deben expandirse (...) En la decimoquinta edición de la Bienal de Venecia queremos contar historias de éxito, mediante casos ejemplares en los que la arquitectura ha marcado la diferencia y ha expandido sus fronteras". Sin duda se trata de una premisa que plantea un cuestionamiento importante: ¿cuál es la razón por la cual los arquitectos hemos quedado marginados de la mayor parte de la construcción actual? ¿Porqué debemos luchar los arquitectos para intentar expandir las fronteras de nuestra práctica?
El papel que jugamos los arquitectos en la actualidad es muy reducido dentro del universo total de los entornos construidos, la razón ha sido la extremada intelectualización de nuestra profesión, lo cual ha sucedido desde los primeros años del Modernismo. Aravena opina: "Estoy interesado en el modo como la arquitectura es capaz de introducir beneficios en un sentido más amplio. El diseño visto como valor añadido, no como un costo suplementario o la arquitectura como un atajo hacia la igualdad".
En la mayoría de los casos, sin distinción de su contenido social, el trabajo del arquitecto consiste en primer lugar en la identificación de una problemática. Después de dicha investigación, la segunda parte debería ser la elaboración de una respuesta que atienda la problemática identificada. Sin embargo, una parte importante de los arquitectos nos hemos dedicado a producir edificios que no satisfacen necesidades, sino crean nuevos problemas, que a su vez deben ser resueltos por otros. La visión de la mayoría de los arquitectos es individualista, pone el protagonismo del autor por encima de las necesidades del público.
Espero sinceramente que la discusión que derive de la exposición, suscite un cuestionamiento profundo de la labor del arquitecto contemporáneo. Espero que los arquitectos comencemos a ser más discretos y modestos, para poder contar auténticas historias de éxito, basadas en el bienestar de los habitantes de los entornos construidos.

Lorenzo Rocha

jueves, 21 de enero de 2016

INVENTOR

El espacio del Museo experimental el Eco, siempre nos regala buenas experiencias. Mathias Goeritz consiguió crear en 1953 un ambiente que estimula los sentidos y la creatividad de todos los artistas y también del público que han entrado en contacto con el, tanto durante el breve tiempo en el que funcionó como museo tras su construcción, durante los años en que fue bar, teatro y sitio para reuniones políticas, como en el período actual, desde que fue restaurado por la UNAM en 2004 y reabierto al público en 2005.

Desde el pasado sábado se muestra una instalación que comprende los espacios interiores y exteriores del museo. Para la exposición, Jerónimo Hagerman ha introducido altos bambúes dispuestos en círculo, antenas recicladas como bebederos para pájaros, petates y espejos. Mediante la exposición titulada "Y si pudiera volar... ¿qué tan alto llegaría?" el artista intenta traer la naturaleza desde el exterior hasta el interior del recinto. Es especialmente atractivo el diseño de los bebederos para aves, que consiste en antenas de televisión satelital recicladas, pintadas y montadas sobre tubos de color amarillo. Las piezas recuerdan a una instalación realizada por Hagerman en 2005, con antenas analógicas, en una azotea del Centro histórico. Acerca de dicha instalación el propio artista comentaba: "Las antenas van ligadas a todo paisaje de azotea, pero muchas flores son en sí especies de 'antenas', que emiten colores y aromas para atraer a los insectos".

La raíz latina del verbo "inventar", que significa "encontrar", se divide en dos partes: "in-venire". En otras palabras, inventar es "hacer-venir" una cosa, eso es justamente lo que ha hecho Hagerman en su presente exposición, ha propiciado mediante los espejos la entrada de la luz del sol desde el exterior hasta el interior del museo, ha puesto comida y agua para atraer a los pájaros, ha colocado petates para que la gente se sienta cómoda, etcétera.

Durante la inauguración de la muestra, la cual permanecerá abierta al público hasta el 27 de marzo, fue posible constatar el modo como el público comenzó a interactuar con los elementos que la componen, de una manera lúdica y natural. Sin la solemnidad que suelen provocar las exposiciones con mayor tendencia hacia lo intelectual, la exposición convirtió el patio y el interior del Eco en lugares para juegos, música y conversaciones.

Además de la experiencia del público que transitaba por el interior del museo, los espejos ampliaron la posibilidad de permeabilidad del espacio privado hacia el espacio público, haciendo visible desde la calle aquello que sucedía en el interior.

Lorenzo Rocha

jueves, 14 de enero de 2016

PATRIMONIO VEGETAL

El mayor tesoro que puede tener el propietario de un terreno son sus árboles. La tierra es muy valiosa, sobre todo el suelo urbano, ya que es un bien limitado y que escasea en ciudades como la nuestra. Pero el mayor crimen que se puede cometer contra el patrimonio inmobiliario es la tala de los árboles existentes. Todo proyecto arquitectónico debe comenzar por un levantamiento topográfico que incluya la posición y dimensiones exactas de las especies vegetales presentes en el solar a edificar. La primera acción debe ser su salvaguarda y la siembra de nuevos árboles para el proyecto futuro.

Un arbol común, dependiendo de la especie de la que se trate, tarda al menos cinco años en crecer a una altura de tres metros. Por lo cual, la presencia de algún ejemplar de más de diez metros de altura en un terreno determinado, es de incalculable valor, ya que habría que esperar al menos treinta años para que un arbol nuevo alcance esa altura y sus ramas se extiendan en un radio de al menos seis metros. El mejor ejemplo de la sensibilidad por los jardines y las fuentes es sin duda la arquitectura de Luis Barragán, quien siempre puso una especial atención en los árboles como elemento primordial de sus proyectos. No puedo dejar de mencionar el fraccionamiento las Arboledas y sus enormes eucaliptos que guian la vista por el Paseo de los Gigantes, que remata con la Fuente del Bebedero. Este desarrollo es de los años sesenta, cuando la tendencia a la densidad privaba en la ciudad de México.

Si observamos los jardines y los parques públicos de nuestra ciudad, nos daremos cuenta con facilidad de su antigüedad. En la ciudad de México el parque más antiguo es la Alameda central, que cuenta con una vegetación majestuosa, ya que fue sembrada hace 150 años. Otros parques realizados en el Siglo XX, como el bosque de Chapultepec, respetaron la vegetación prexistente y ha pasado el suficiente tiempo para que hayan crecido sus árboles nuevos.

Durante un periodo muy afortunado del urbanismo mexicano, el mayor atractivo de una colonia nueva eran sus espacios verdes y su estrategia de venta se basaba en estos. La colonia Hipódromo-Condesa pregonaba en su época ser la zona de la ciudad con más metros cuadrados de parques por habitante y esta consigna figuraba en su publicidad comercial. Los empresarios Basurto y de la Lama, quienes también urbanizaron Polanco y las Lomas de Chapultepec, siguieron esta tendencia hasta mediados del siglo pasado.

Desgraciadamente la tendencia cambió en los siguientes proyectos inmobiliarios en nuestro país, ya que el atractivo de la privacidad y la seguridad, desplazaron a los valores del espacio público. Hoy en día la jardinería es un tipo de decoración accesoria y prescindible para los arquitectos.

Lorenzo Rocha

jueves, 7 de enero de 2016

PASIÓN POR LAS RUINAS

Una de las principales motivaciones para emprender viajes de placer, es visitar ruinas de edificios antiguos. La gente es capaz de viajar miles de kilómetros para conocer una pirámide en México o en Egipto, sin detenerse a pensar que en realidad conocerá solamente una pequeña parte de los vestigios de su arquitectura. De igual modo, los turistas viajan a Grecia, Roma, Estambul, Cambodia, India o Bangladesh solamente para visitar edificios derruidos.
Está claro que la principal motivación cultural es el deseo de entrar en contacto con vestigios de civilizaciones ya desaparecidas, lo cual puede tener un fundamento al menos en el campo simbólico. ¿Pero qué es lo que nos gusta exactamente de una ruina? ¿Cuáles son las características de Chichen Itza, Angkor Wat, Gizeh, la Acrópolis o el Foro romano, que interesan tanto a los turistas?
Gracias a los arqueólogos sabemos que muchos de esos edificios eran polícromos, es decir no mostraban las piedras desnudas de las que están construidos, sino muros estucados y pintados con tierras naturales de colores como: terracota, sepia, marrón, azul, rojo y amarillo. Es curioso que los encargados de restaurar dichos monumentos no hayan recreado sus acabados, quizá sabían que al público no le gustaría mucho que la Pirámide del Sol estuviera pintada. Recordemos que la arqueología es una ciencia relativamente nueva y los criterios de restauración han variado mucho desde el Siglo XIX hasta la fecha.
Entonces podemos afirmar que las ruinas nos gustan simplemente porque son ruinas, su decoración son las hiedras que las cubren, el musgo que crece en ellas, las arañas que merodean en ellas, las iguanas que las habitan, en algunas veremos hasta tucanes o monos saltando de una piedra a otra.
En un fantástico libro publicado en 1953, la escritora inglesa Rose Macaulay, hace una larga apología sobre las ruinas. La autora de “Pleasure of Ruins” (“El placer por las ruinas”), retoma un tópico alemán, el Ruinenlust, vocablo que se refiere a la sensación de placer que el descubrimiento de las ruinas provocaba en los exploradores decomonónicos. “Quizá preferiríamos ver Troya, Atenas, Corinto, Roma o Paestum, del modo como lucían hace 2000 años, pero esto es imposible, su belleza corrompida es todo lo que queda de su antigua magnificencia, la atesoramos como los fragmentos que restan de algún noble poema que se ha perdido”, escribe Macaulay en la introducción de su excelente obra.
Está claro que cuando visitamos las ruinas de antiguos edificios, sentimos una conexión con las personas que las edificaron hace miles de años, o al menos esa es nuestra fantasía. Experimentamos placer por el espectáculo mismo de los vestigios, pero también por el conocimiento de las culturas que los crearon. En ello confirmamos que la arquitectura es el mejor aliado del hombre en su lucha por trascender el tiempo de su propia existencia.
Todas las ruinas son por definición obsoletas, ninguna ciudad necesita una muralla para protegerse de sus enemigos, los templos antiguos que aun están en pie veneran deidades que han desaparecido en las religiones actuales, la única función de la ruina es su belleza, que en ocasiones supera a la del edificio original.
Lorenzo Rocha

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