jueves, 30 de agosto de 2018

NARRATIVA MODERNA

El libro escrito recientemente por Georgina Cebey, “Arquitectura del fracaso. Sobre rocas, escombros y otras derrotas espaciales” (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2017) es una muestra de la notable evolución a nivel nacional de la escritura creativa dentro del género de ensayo con fines divulgativos. Desde que los escritores mexicanos comenzaron a perfeccionar la técnica norteamericana conocida como storytelling, la lectura de textos acerca de arte y arquitectura se ha vuelto mucho más amena y ha alcanzado a un público no necesariamente experto en los temas que tratan los autores.
En el texto, Cebey trata con buen sentido del humor lo que ella denomina “fracasos espaciales”, edificios, conjuntos urbanos y espacios públicos de muy distintas épocas y contextos que van desde la transformación de la cúpula del inconcluso Palacio Legislativo en el Monumento a la Revolución (1938), hasta la renovación de la Cineteca Nacional (2013). La autora escribe sobre la construcción y sobre la memoria colectiva de la que forman parte estos y muchos otros proyectos, con una prosa muy ágil y con la adecuada contextualización social, histórica y política para situarnos en cada época. La descripción del fracaso de la arquitectura mexicana que abarca 75 años de construcción moderna en México, se origina según Cebey en la voluntad del Estado mexicano de modernizar al país, pero con “discrepancias entre las narrativas oficiales y las propias narraciones que la sociedad construía para comprender la evolución de su entorno”, lo cual creó desencuentros que se reflejaron con fuerza en los espacios habitables.
En el relato de Cebey no hay ningún atisbo de optimismo ni confianza en el futuro, la Torre Latinoamericana es un llavero gigante, el Metro Insurgentes una ruina, el Monumento a la Revolución es el sitio para las desgracias mexicanas y así continuan las lamentaciones y la autodescalificación, dos costumbres que aparecen con mucha frecuencia en la literatura nacional. No cabe duda que una virtud que tenemos los mexicanos es nuestra capacidad para burlarnos de nosotros mismos, algo muy presente en los ensayos que componen al libro, sin embargo calificar todas estas obras como fracasos es algo discutible. Habría que establecer primero desde qué punto de vista es que han fracasado dichos proyectos, ya que en algunos casos se trata de problemas de mantenimiento de los inmuebles y en otros las fallas se señalan desde su propia concepción.
La narrativa moderna en México trata el fracaso de la arquitectura con demasiada ligereza, como si se tratara de un relato costumbrista y humorista al estilo del cantante popular Chava Flores, mientras que la realidad es que la construcción de infraestructura y equipamiento urbano siempre ha ido en crecimiento en cuanto a calidad y cantidad. Para algunos resulta divertido echar por tierra las aspiraciones modernistas de nuestros dirigentes pasados, pero en ello se nos puede desviar excesivamente la mirada hacia el pasado y dejar de caminar viendo hacia adelante. La búsqueda de los fundamentos para el desarrollo futuro es algo más difícil, sobre todo si se pretende no caer en los errores del pasado, sin embargo, no parece que quienes están a cargo de la obra pública y del desarrollo urbano actual, tengan un panorama más claro que el que tuvieron sus antecesores. En todo caso, la lectura de nuevas propuestas es bastante más aburrida que el relato de nuestros errores, si todo funcionara bien, desde luego no habría lugar para libros tan divertidos como este.
Lorenzo Rocha

jueves, 23 de agosto de 2018

CRÍTICA RADICAL

Entre los años de 1950 y 1970 existió una transformación radical en la forma de criticar el arte contemporáneo, principalmente en los Estados Unidos y en Inglaterra donde los críticos comienzan a profundizar más allá de las interpretaciones directas de las obras, hacia una visión compleja de su entorno. Esta corriente, paralela a la Escuela de Francfort y a la vez ligada a ésta, establece una relación dialéctica entre los productores de las obras y quienes se dedicaron a escribir acerca de ellas. Un artista que tuvo gran protagonismo en dicha época fue Donald Judd, quien además de ser uno de los precursores del Minimalismo, también publicó cientos de textos para catálogos y colaboró regularmente en la revista Arts Magazine entre 1963 y 1965, uno de sus textos más influyentes durante esta época fue “Objetos específicos”. También Joseph Kosuth fue un artista que creía que el arte consiste en la producción de significados. Gran parte de sus piezas estuvieron ligadas al lenguaje, como aquella titulada: “Arte como idea como idea, la palabra “Definición””, de 1966, una imagen fotográfica del texto de la palabra “Definición” que aparece en el diccionario.
En arquitectura es posible identificar a varios críticos radicales, uno de ellos es sin duda Rem Koolhaas, cuya influyente obra abarca tanto la construcción como la escritura de textos críticos, como su célebre libro “Delirio de Nueva York”, publicado en 1978. A este siguieron otros textos de importancia como “S, M, L, XL”, del año 1995, que se puede considerar como el manifiesto más importante de la arquitectura poscrítica. Peter Eisenman, otro arquitecto radical, fue director y fundador de la revista neoyorkina Oppositions a partir de 1973, periodo durante el cual se dedicó más a la escritura y a la enseñanza, que a la práctica de la arquitectura. A este tiempo pertenece una entrevista del arquitecto con Andrew Benjamin, durante la cual afirmó que en su opinión: “en la arquitectura, la estructura ideológica o el discurso teórico, se encuentra normalmente en un nivel muy pragmático… las cuestiones relacionadas a la forma se gestan más frecuentemente fuera de la discusión sobre arquitectura, especialmente en el campo de la filosofía”. Quizá es por ello que la interpretación de la obra, en particular de estos dos arquitectos, sea muy complicada para los críticos, ya que al igual que sus pares en el campo del arte contemporáneo, los creadores de las obras se ocupan también de su explicación teórica.
Dicho fenómeno ha provocado un distanciamiento entre el público y los artistas y arquitectos contemporáneos, ya que sus creaciones se encuentran envueltas en una compleja red conceptual, la cual tiene poca o nula relación con la percepción visual y fenomenológica de los espacios y las piezas de arte. Se trata de producciones artísticas y arquitectónicas en las predominan el pensamiento racional y las referencias filosóficas poco accesibles para quienes no cuentan con la preparación suficiente. 

Las obras y edificios que se fundamentan en dichas formas de pensamiento radical resultan en la mayoría de los casos incomprensibles e incluso desagradables para los espectadores y usuarios, pertenecen a lo que conocemos comúnmente como “arte o arquitectura para artistas o arquitectos”. En ocasiones las personas comunes no entienden qué es lo que vemos con tanto interés los expertos en esos edificios y obras tan famosas, pero a la vez tan extrañas.
Lorenzo Rocha

jueves, 16 de agosto de 2018

CIUDAD COMPLEJA

La ciudad de México se ubica entre las diez ciudades más pobladas del mundo, aunque en los últimos diez años ha caído del segundo al séptimo puesto. Tokio sigue siendo la numero uno de la lista con 38 millones de habitantes, una cifra impresionante pero nada prestigiosa.
La nuestra es una ciudad muy compleja, que puede solamente comprenderse como un todo, la simplificación de los procesos urbanos de nuestra metrópolis no conduce a conclusiones útiles en ninguno de sus aspectos como: crecimiento, vivienda, transporte, contaminación, etcétera. Hablamos de la capital de un país relativamente pobre desde el punto de vista económico y simultáneamente uno de los más ricos culturalmente. Cualquier intervención en la trama urbana tiene un impacto inevitable, a mayor o menor escala,  en los demás factores que la componen. De hecho, la propia raíz latina de la palabra complejo: Complexus, significa “aquello que está entretejido”.  Una nueva vialidad, un nuevo conjunto habitacional o un gran parque, afecta de algún modo a todo lo demás.
Por ello, quienes nos dedicamos a la arquitectura y el urbanismo debemos necesariamente tomar en cuenta que las implicaciones de nuestro trabajo van mucho más allá de los limites del terreno donde nos encontramos construyendo.
Según Edgar Morin, un filosofo universalista francés, “la complejidad aparece allí donde el pensamiento simplificador falla, pero integra en sí misma todo aquello que pone orden, claridad, distinción y precisión en el conocimiento”.
Los arquitectos requerimos de metodologías científicas para ser capaces de evaluar y medir dentro de lo posible los impactos de nuestros proyectos en el entorno. Desde lo ambiental, hasta los aspectos viales e infraestructurales de la ciudad. Los reglamentos de construcción afortunadamente piden estudios en ambos aspectos, por lo que debemos tomar muy seriamente estos requisitos y no verlos como simples trámites burocráticos. Mucho menos debemos intentar circunnavegar alrededor de ellos para evitarlos.
Las políticas oficiales de gestión de los usos de suelo y densidades permitidas en la ciudad en tiempos recientes han propiciado el crecimiento de la ciudad en altura, tanto en los rascacielos comerciales de reciente construcción, como en una gran cantidad de edificios y conjuntos habitacionales de más de diez niveles. Este fenómeno parece en principio como un proceso positivo, tanto para el desarrollo económico, como para la solución a la demanda de vivienda en zonas centrales de la ciudad. Sin embargo, aun no se han medido las consecuencias de estas nuevas construcciones a nivel total dentro del conglomerado urbano. El arquitecto brasileño Paulo Méndez da Rocha, quien ha sido muy sensible respecto al impacto de su arquitectura sobre Sao Paulo, la ciudad donde vive, comenta: “La arquitectura tiene una dimensión política fundamental. Es un discurso, una acción, por tanto, lo que se llama crítica debe estar en el proyecto. En la construcción se critica, para evitar el desastre”.

Está claro que la práctica irreflexiva y exclusivamente expansionista de la arquitectura urbana conlleva el peligro de ignorar sus consecuencias en la totalidad del panorama urbano y abrir la posibilidad de un colapso inesperado en los sistemas de los que dependen los edificios, como el abastecimiento de servicios, el transporte público, las vialidades y en general la infraestructura que sostiene a la ciudad. 

Lorenzo Rocha

jueves, 9 de agosto de 2018

TEORÍA Y PRÁCTICA

Aunque parecen dos conceptos extremadamente fáciles de distinguir, la teoría y la práctica se confunden constantemente dentro de las discusiones sobre la arquitectura y el urbanismo. En la construcción, la práctica abarca casi exclusivamente todo aquello que se materializa en forma de edificios, casas, calles, parques, etcétera, Todo lo que se genere a nivel discursivo, la escritura, las discusiones verbales e incluso los dibujos de proyectos no realizados, pertenece necesariamente al ámbito teórico.
Los arquitectos participamos en los procesos de construcción a nivel púbico y privado, desde una posición teórica, lo que aportamos al proceso son las soluciones técnicas y compositivas necesarias para guiar a los demás profesionales involucrados. Los ingenieros, administradores, otros actores involucrados en el proceso y por último los obreros son los encargados de materializar las ideas arquitectónicas.
Es por esta razón que la teoría y la crítica son dos campos de estudio en los cuales los arquitectos deberíamos de poner especial atención. No necesariamente para ejercer dichas actividades desde el punto de vista discursivo, sino para que se integren a la composición arquitectónica. También es posible para los arquitectos dedicarse a la escritura y a la difusión de la arquitectura si asi lo desean, pero para ello es necesario que los estudiantes complementen su educación universitaria con estudios humanísticos que pueden ir desde la historia del arte, hasta la filosofía o la literatura, todo ello para que sean capaces de estructurar correctamente su pensamiento en forma discursiva.
La carrera de arquitectura se compone de educación técnica, de ejercicios compositivos y en menor medida, de materias humanísticas. Por ello, desgraciadamente no alcanza a ser suficiente en ninguna de las tres áreas. Los arquitectos no estamos formados técnicamente al nivel de los ingenieros, ni al nivel de los escultores en lo
compositivo y mucho menos al nivel de los literatos en cuanto a la escritura y el pensamiento crítico.

Parece que la formación del arquitecto requiere de ser complementada por especializaciones y estudios de posgrado, para que el individuo pueda sobresalir en el campo en el que decida ejercer su práctica profesional. Aunque suene hasta cierto punto extenuante, un arquitecto debe continuar estudiando, actualizándose y formándose profesionalmente, muchos años después de haberse graduado. Pero también se puede ver este fenómeno como la adquisición de la madurez necesaria para ser una autoridad en su campo de conocimiento. Ludwig Mies van der Rohe afirmaba que él no se sintió realmente arquitecto sino hasta que cumplió 30 años de ejercer su profesión, una gran lección de humildad de la que todos debemos aprender.
Lorenzo Rocha

martes, 7 de agosto de 2018

jueves, 2 de agosto de 2018

ESPACIO PARA PENSAR

Recomiendo la agradable lectura del libro “La cabaña de Heidegger”, escrito por Adam Sharr. Se trata de un relato muy bien documentado, del espacio que el filósofo alemán utilizó por cinco décadas a partir de 1922, como lugar de retiro para pensar. La cabaña, situada en Todtnauberg dentro de la Selva Negra, no es más que una casita de madera de cuarenta metros cuadrados, con cuatro espacios: el dormitorio, el estudio, la cocina y el retrete. Al principio no contaba con agua corriente, electricidad ni gas, entre otras cosas el filósofo se aseaba al aire libre, por lo que la estancia en ella debía complementarse con tareas rurales como cortar leña, secarla y acarrear el agua desde una fuente cercana. El clima del lugar es muy extremo por que en verano era un sitio caluroso y en invierno a veces la nieve lo hacía inaccesible, pero para el filósofo era un lugar ideal para la práctica del senderismo y del esquí de fondo.
En este espacio, Heidegger escribió importantes textos y conferencias como “Habitar pensar y construir”, “La cosa” y “Ser y tiempo”. No cabe duda que el lugar le ayudó a concentrarse y relajarse, ya que la mayoría del tiempo que estuvo alli él solo. De hecho, cuando viajó a la Selva Negra con su familia casi siempre se alojó en otra casa, una típica casa rural, de las denominadas Schwarzwaldhofen, donde aprendió tareas domésticas locales que contribuían a su ascética rutina.
Hoy en día se comenta con frecuencia acerca de los beneficios psicológicos del contacto con la naturaleza. Indudablemente el aire fresco y la vista del verdor contribuyen al bienestar humano. Sin embargo, no hay evidencia de que los ambientes bucólicos estimulen el
pensamiento filosófico.
Otro pensador muy célebre, Henry David Thoreau también se retiró al bosque durante un largo período a una pequeña cabaña en Walden, al noreste de los Estados Unidos. Pero las razones del aislamiento de Thoreau parecen muy distintas a las de Heidegger. El autor de “Desobediencia civil” y “Walden”, se mudó al bosque para vivir al márgen de la sociedad estadunidense de su tiempo, el siglo XIX. Más que un espacio para pensar, la cabaña de Thoreau fue construida como un lugar para vivir más intensamente. El pensador trascendentalista se retiró al bosque como resultado de su inconformidad con las normas de su gobierno, antes había estado brevemente en prisión por negarse a
pagar los impuestos, ya que estaba en contra de la invasión de México por parte del ejército de su país en 1846.

Aunque sea por distintos motivos, retirarse al campo temporalmente es un práctica sana y recomendable, algunos lo hacen para descansar, otros para pensar, o bien como consecuencia de su forma de pensamiento.
Lorenzo Rocha

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