jueves, 22 de junio de 2017

NEGOCIAR EL ESPACIO

Antes de siglo XIX el urbanismo se fundamentaba en la planificación. Las ciudades del siglo XVIII aun no se habían enfrentado a la sobrepoblación y su ritmo de crecimiento permitía a sus gobernantes planear sus ensanches y a los arquitectos trazar sus calles y plazas. Después, la llegada masiva de emigrantes del campo a la ciudad en busca de trabajo en la industria y los servicios, desbordó la capacidad de albergue a tantas personas que comenzaron a aparecer asentamientos irregulares en las periferias de todas las ciudades.
Pero en el siglo XX la explosión demográfica provocó cambios radicales en los modos de crecimiento urbano, el espacio dejó de planificarse y comenzaron procesos de negociación política mediante los cuales la forma urbana se fue pareciendo cada vez más aun campo de oposición de fuerzas. En la década de 1920 el urbanista escocés Patrick Geddes comenzó a describir su trabajo como “Cirugía urbana”, una serie de operaciones minúsculas que recomponían las zonas históricas degradadas en Edinburgo. El concepto de Geddes fue retomado 50 años más tarde por Jaime Lerner, alcalde de la ciudad brasileña de Curitiba, quien lo rebautizó con el nombre de “Acupuntura urbana”. Con ello Lerner se refiere a pequeñas intervenciones que funcionan como agujas colocadas en puntos estratégicos del tejido urbano. Dichas intervenciones tienen como objetivo detonar cambios sociales que puedan desencadenar mecanismos positivos para las ciudades. 
Las tácticas urbanas contemporáneas toman formas muy diversas, puede tratarse de la creación de espacios públicos, usos readaptativos de edificios antiguos, sistemas de transporte, recualificaciones, aumentos de la densidad de construcción, etcétera. Los proyectos urbanísticos actuales se realizan en entornos ya construidos, los arquitectos deben abandonar la idea de que los edificios son permanentes para ser capaces de adaptarlos a las nuevas realidades urbanas. La dinámica del espacio urbano contemporáneo está en evolución constante, se debe reutilizar lo construido y demoler lo obsoleto. La arquitectura de la ciudad depende más que nunca de la contingencia, de la comunicación entre todas las fuerzas que actúan sobre el campo urbano. Los proyectos urbanos actuales no están basados en el diseño, sino en las interacciones entre las personas.
El urbanismo contemporáneo es casi una rama de la antropología, dejó de ser labor exclusiva del arquitecto. El urbanista de la actualidad es un profesionista más parecido a un sociólogo que a un diseñador urbano.
Lorenzo Rocha

jueves, 15 de junio de 2017

SALUD INTEGRAL

Desde hace varias décadas hemos observado en nuestro país una de las consecuencias del neoliberalismo económico, la cesión de la tutela por parte del Estado sobre la planificación y construcción de infraestructura, hacia el sector privado. En tiempos en los que el Estado mexicano se hacía cargo de la totalidad de la obra pública, ésta no estaba sujeta a las leyes del mercado, ni se suponía que debía ser rentable. Se contemplaba en aquellas épocas la importancia tanto el beneficio tangible de las infraestructuras, como de los valores intangibles que aportarían a la sociedad.

Los tres grandes problemas que enfrentaba México a la mitad del Siglo XX eran la escasez de vivienda, instituciones educativas y equipamiento hospitalario. Los tres temas que enriquecieron a la arquitectura e ingeniería de aquel tiempo, ocuparon partes prioritarias de la agenda política mexicana entre 1940 y 1970. Aunque la construcción de infraestructura y equipamiento no ha disminuido desde entonces, sí ha sido notable un claro cambio de sus paradigmas.

Un ejemplo palpable de la respuesta óptima a las necesidades de infraestructura del Mexico moderno, es sin duda la arquitectura hospitalaria de los institutos de seguridad social surgidos en el siglo pasado. El IMSS, el ISSSTE y la SSA, encabezaron la política sanitaria oficial de nuestro país durante todo el tiempo que ha transcurrido desde sus inicios. El arquitecto Enrique Yáñez, uno de los principales especialistas en arquitectura hospitalaria que ha tenido nuestro país, escribió en su libro “Hospitales de seguridad social” en 1973: “Los hospitales son los edificios más característicos del género que se dedica a la atención médica de la colectividad, como parte del cuidado de la salud integral”. El mismo arquitecto nos recordaba en su texto que la salud integral no solamente es la ausencia de la enfermedad, sino el correcto y armonioso funcionamiento del cuerpo humano, que conlleva un estado de bienestar físico, moral y social.

Seguramente por estas razones, los centros médicos construidos en los años cincuenta no solo cuentan con las instalaciones y equipos más avanzados que estaban disponibles en la época, sino también se encontraban rodeados de plazas y jardines públicos y contaban con obras de arte permanentes en sus espacios interiores y fachadas exteriores. Los hospitales públicos y privados que se construyen ahora tienen el personal y el equipo adecuado para la atención médica, pero carecen de los elementos antes mencionados que contribuyen al bienestar de sus usuarios, más allá de la salud física.

Lorenzo Rocha

jueves, 8 de junio de 2017

ETHOS PATHOS LOGOS

Los tres componentes fundamentales de la retórica aristotélica, continúan siendo vigentes en la actualidad, a pesar de haber sido definidos hace mas de 2300 años. Se trata de tres conceptos lógicos que contribuyen a dotar de estructura sólida a cualquier discurso. En principio es posible describirlos en términos coloquiales como la credibilidad de quien articula el discurso (ethos), la carga emocional de sus ideas (pathos) y la racionalidad con la que se plantean (logos). Su estudio requiere de gran profundidad, sobre todo para ser capaces de aplicarlos a un trabajo discursivo escrito o hablado.
A partir del siglo XVIII los teóricos de las bellas artes como Hegel y Kant, comenzaron a articular las teorías estéticas que a partir de sus tratados y en gran parte gracias a éstos, han conformado casi todos los discursos artísticos posteriores. Dentro de un orden de ideas similar, algunos estudios culturales, recientemente admiten al arte y a la arquitectura como medios de expresión poética, que establecen canales de comunicación entre el artista y el espectador (o habitante) a distintos niveles perceptivos y cognitivos.
¿Será entonces concebible la aplicación de las figuras retóricas clásicas a los discursos arquitectónicos? ¿Qué utilidad tendría su aplicación durante los procesos de diseño?
Es evidente que la utilidad de los discursos estéticos de la arquitectura no es de naturaleza pública, se trata de recursos y herramientas que en primer lugar y en su mayor medida, benefician al propio artista o arquitecto. Un arquitecto incapaz de entender él mismo los fundamentos lógicos de su propio trabajo, se encontrará a la vez incapacitado para transmitirlos al público y al usuario de sus obras, es muy probable que su trabajo falle en cuanto a su claridad expresiva. En segundo lugar, el análisis lógico de la obra arquitectónico beneficiará a los críticos, teóricos y a todos aquellos que emprendan un trabajo de interpretación de la obra arquitectónica.
Pero a pesar de que los elementos discursivos benefician solamente a los autores y críticos de las obras, el público que entra en contacto con ellas también reacciona ante los mensajes que la arquitectura le transmite, sin necesidad de conocer ni estudiar los elementos que componen su lenguaje. Los habitantes de las ciudades entramos en contacto cotidiano con obras de arquitectura que nos resultan indiferentes, agradables o insoportables y esto es gracias a sus características expresivas. Cuando transitamos por las estaciones del metro, por las oficinas públicas, por las calles o las plazas, recibimos constantemente los mensajes y las ideas de quienes las construyeron. Por desgracia la mayoría de las ideas arquitectónicas y urbanas no están correctamente articuladas, y esto se debe probablemente al hecho de que nunca fueron siquiera concebidas de manera lógica.
Lorenzo Rocha

jueves, 1 de junio de 2017

GREMIO ARQUITECTÓNICO

La profesión de arquitecto, al ser una de las actividades humanas más antiguas y tradicionales inevitablemente funciona como un gremio muy compacto. Como toda agrupación profesional, la arquitectura tiene sus propios códigos y estatutos especiales.
En México, aparte de la carta ética que rige a la profesión, la cual por cierto, pocos de mis colegas conocen, dichos códigos de comportamiento están sobrentendidos y en la mayoría de los casos son tácitos.
Por ejemplo, difícilmente un arquitecto considerará a uno de sus contemporáneos como una autoridad dentro de su campo de conocimiento, las alabanzas están generalmente reservadas para arquitectos de épocas pasadas, siempre consideradas mejores que el tiempo presente. Entre los arquitectos mexicanos es prácticamente incuestionable la labor de aquellos arquitectos modernistas que tuvieron la fortuna de contar con un Estado promotor de la construcción de infraestructuras sociales de todo tipo, desde viviendas hasta teatros y hospitales. Por eso en la actualidad arquitectos como Mario Pani, Juan O’Gorman o Félix Candela solo saldrán a la conversación por sus excelentes obras e incomparable talento, es casi imposible encontrar posturas críticas en su contra.
Pero quizá una de las actitudes más peculiares de nuestro gremio, es la idea del arquitecto respecto al trabajo multidisciplinario. Junto a un aquitecto de prestigio, casi siempre encontraremos a algún filósofo, antropólogo o literato que cumplirá la función de narrar, analizar y exaltar sus proyectos e iniciativas personales. Este comportamiento profesional es poco común en otros gremio profesionales, como los abogados o los médicos, en cuyos coloquios es raro e infrecuente que participen expertos ajenos a su círculo profesional.
Los arquitectos somos sin duda, profesionistas muy proclives a describir detalladamente y discutir en público nuestras ideas, ahondando en terrenos de disciplinas que no dominamos, para lo cual recurrimos a asesores expertos en campos como las humanidades y las ciencias. Esto puede ser visto como una virtud y hasta cierto punto lo es, si no fuera porque también tenemos la tendencia a olvidar toda la teoría aprendida en las aulas, al momento de poner nuestras ideas en práctica. Por ello, muy frecuentemente, los arquitectos que tratan temas sociales y propagan ideas de igualdad y democracia dentro de las aulas y auditorios, hacen exactamente lo contrario cuando se trata de diseñar y construir edificios. Es frecuente escuchar críticas de arquitectos en contra de promotores inmobiliarios o gobiernos locales un día, para los cuales estarían prestos a trabajar al día siguiente, olvidando todos los principios morales y éticos en los que han fundado sus críticas.
Lorenzo Rocha

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