
La arquitectura mexicana construida durante las cuatro décadas transcurridas desde 1972 hasta el presente, se caracteriza por un cuestionamiento de los valores del funcionalismo, lo cual ha propiciado el diseño y construcción de obras con un alto contenido experimental. Dicha experimentación se puede clasificar en tres corrientes principales: el formalismo de inspiración prehispánica, el futurismo, el regionalismo crítico y el movimiento high-tech en su versión mexicana. Los arquitectos mexicanos han sido permeables a influencias extranjeras, pero a la vez han mantenido el nacionalismo característico de todo el arte mexicano, que es muy consciente de su identidad.
La importancia de las obras no está subordinada a su área, volumen o presencia en el paisaje (urbano o natural), tampoco depende del número de personas a las que beneficie (o afecte). Una obra pequeña es tan importante como una gran construcción cuando se trata de ampliar los límtes en la experimentación y depuración de las ideas arquitectónicas. Mi selección personal tiene limitantes significativas que la harán menos universal que la de otros colegas, la principal limtación es que no acostumbro opinar sobre la arquitectura que no he visitado y experimentado en directo, no suelo confiar en que las imágenes ni dibujos de la arquitectura sean materiales suficientes para emitir juicios de valor. Para efectos de juzgar la importancia de una obra arquitectónica, sí me interesa su repercusión en los medios masivos de comunicación, sobre todo en las reseñas hechas por críticos especializados, una obra realmente significativa dificilmente pasa desapercibida ante los ojos de los expertos. La importancia de una obra no está necesariamente ligada a mi gusto personal, sino a las consecuencias e influencias que genera en la práctica y discusión subsecuentes a su construcción.
Lorenzo Rocha