
Comencemos por resaltar que dentro de las industrias creadas por el ser humano, la construcción es por definición, una de las prácticas menos ecológicas. El repetitivo discurso a favor de la ecología y su axiología, ha asignado un valor moral a la naturaleza, el cual juzga todo aquello a favor de la conservación del medio ambiente como la única práctica aceptable. La arquitectura fue precisamente creada por la especie humana como un mecanismo para aislarse y protegerse de los elementos del medio natural que son potencialmente dañinos a nuestro organismo. En primer lugar, la contrucción existe para aislarnos de los elementos del clima: las temperaturas extremas, lluvia, nieve, viento y demás factores climáticos que pueden dañar nuestra salud física. Además de ello, las casas nos protegen de los animales que pueden constituir un peligro para nosotros por su condición de depredadores, de los reptiles e insectos ponzoñozos, o bien de los microrganismos que acarrean enfermedades. Para este propósito, la construcción moderna utiliza materiales sintéticos que cumplen la función de aislar, impermeabilizar, y dotar de la resistencia necesaria a nuestro hábitat. Por esta razón, de poco sirve añadir elementos vegetales a las construcciones —los cuales indiscutiblemente pueden hacerlas más agradables— pero cuyo valor ecológico es claramente cuestionable. En el mejor de los casos el verde en la arquitectura es capaz de mejorar la percepción subjetiva de su relación con la naturaleza, pero no equilibra su relación con el medio natural.
Es indudable que nuestra sociedad debe atender los problemas de contaminación y devastación del medio natural en la mayor medida posible. Para ello, la incorporación de ecotécnicas para hacer más eficientes las construcciones ya no debe ser opcional. La separación de las aguas negras y grises, la utilización de la energía solar y eólica, se deben incorporar a los reglamentos de la construcción sin mayor dilación, para intentar restituir lo más posible el equilibrio ecológico.
Lorenzo Rocha
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