La especulación inmobiliaria da lugar a situaciones absurdas dentro del paisaje urbano, ya que la construcción concebida como inversión cuya principal finalidad es el lucro, no respeta las normas de convivencia que se requieren para conseguir la armonía en los barrios urbanos. Un fenómeno común en ciudades como la nuestra, donde las leyes urbanas son relativamente laxas, es la existencia de edificios abandonados por décadas sin ser ocupados o terminados. Basta recordar el Hotel de México, en plena avenida de los Insurgentes, que estuvo vacío durante cerca de veinte años debido al fracaso del proyecto original, para finalmente convertirse en un edificio de oficinas que hoy alberga al World Trade Center.
Sin embargo, aun existen gran cantidad de “Edificios-zombie” (auténticos “muertos vivientes”) como aquel que se encuentra en la esquina de Arcos de Belén y Eje central Lázaro Cárdenas, el cual no fue terminado por una falla estructural derivada del terremoto de 1985 (ver: Milenio, la crítica espacios 17/01/13). Un edificio inconcluso es equivalente a una ruina y constituye un problema serio para el desarrollo de su contexto, la ley debería obligar a los constructores a demoler un edificio que no se termina en un tiempo razonable o a cederlo a alguien más para que aproveche el espacio. De una ley similar ha surgido en muchos países el movimiento Okupa, ya que los inmuebles en ruinas o abandonados a mitad de la construcción se proporcionan a organizaciones civiles para gestionar proyectos sociales no lucrativos.
La realidad es que en Alemania o Inglaterra los edificios ociosos se ocupan legalmente, mientras que en México o en Venezuela la ocupación es ilegal aunque tolerada por las autoridades. De hecho el edificio al que hacemos referencia no está realmente vacío, es utilizado como vivienda por un cierto número de personas indigentes y como almacen de los productos que se venden en las calles. También hemos discutido en este espacio acerca de la famosa Torre David en Caracas, que ha sido ocupada por casi tres mil personas que carecen de un sitio propio para vivir (ver: Milenio, la crítica espacios 08/11/12). Parece ser que en nuestro país hemos sustituido parte de la seguridad social con una ilegalidad sistémica, que propicia el desarrollo de economías sumergidas como el comercio ambulante o la ocupación clandestina del espacio urbano. Cuando el Estado se ve desbordado en su capacidad de atender las necesidades básicas de algunos sectores de la población, opta por vendarse los ojos y dejar proliferar mecanismos de superviviencia que no hacen más que acrecentar la inequidad de la sociedad.
Lorenzo Rocha
jueves, 18 de abril de 2013
jueves, 11 de abril de 2013
HECHOS
Desde hace algún tiempo, resuena en mi mente una inteligente frase de Demócrito de Abdera: “Nada existe excepto átomos y espacio vacío, todo lo demás es opinión”. Los científicos intentan concebir al universo de este modo, de tal manera que puedan discernir los hechos verificables de las opiniones. Sin embargo, incluso sus demostraciones matemáticas constituyen inevitablemente, interpretaciones de los hechos que pretenden demostrar.
La arquitectura se construye pendularmente entre la técnica y la poesía, por lo tanto, su vertiente científica, la estática —una parte de la física que estudia a los cuerpos inmóviles— es una ciencia pura. El cálculo estructural arroja resultados que demuestran que la edificación se sostiene en pie y soporta su propio peso más el de sus habitantes, además de resistir fuerzas externas como los sismos o el viento. En esto hay muy poco lugar para las interpretaciones, pero suficiente diversidad para hacer de la estática un motivo en sí para la expresión arquitectónica. La vertiente artística de la arquitectura consiste en la parte corporal, la planificación de los estímulos sensoriales que la construcción ejerce sobre las personas y su traducción en una experiencia estética. En este sentido, dentro de las bellas artes, podríamos considerar a la arquitectura como una suerte de zona franca. El arquitecto puede aprovechar la ambigüedad de su actividad para poner en discusión su obra. Si se cuestiona la pertinencia de un elemento arquitectónico por su función estructural, bien puede justificársele por su aportación estética. Si el arquitecto construye este discurso de modo cabal, sin utilizar argumentos subrepticios, su trabajo puede ser simultáneamente una aportación al campo científico y al artístico.
En sentido estricto, todo elemento constructivo debería cumplir ambas funciones sin discriminación de su utilidad, ni de su belleza. La corriente moderna denominada Funcionalismo, tenía esta misión dentro de sus planteamientos, pero parece que dentro de sus variaciones se transformó en una especie de manierismo que devino en estilo, lo cual contradijo sus fundamentos y lo llevó a la desparición. Quizá el error fundacional de este movimiento consistió en repudiar la ornamentación y relegar la naturaleza estética de la arquitectura a un segundo plano. El cálculo estructural ha llevado a la arquitectura contemporánea a revalorizar a los elementos de soporte del edificio hasta encontrar en ellos, coincidencias con la naturaleza que les han dado la posibilidad de una forma de expresión hasta ahora inusitada.
Lorenzo Rocha
La arquitectura se construye pendularmente entre la técnica y la poesía, por lo tanto, su vertiente científica, la estática —una parte de la física que estudia a los cuerpos inmóviles— es una ciencia pura. El cálculo estructural arroja resultados que demuestran que la edificación se sostiene en pie y soporta su propio peso más el de sus habitantes, además de resistir fuerzas externas como los sismos o el viento. En esto hay muy poco lugar para las interpretaciones, pero suficiente diversidad para hacer de la estática un motivo en sí para la expresión arquitectónica. La vertiente artística de la arquitectura consiste en la parte corporal, la planificación de los estímulos sensoriales que la construcción ejerce sobre las personas y su traducción en una experiencia estética. En este sentido, dentro de las bellas artes, podríamos considerar a la arquitectura como una suerte de zona franca. El arquitecto puede aprovechar la ambigüedad de su actividad para poner en discusión su obra. Si se cuestiona la pertinencia de un elemento arquitectónico por su función estructural, bien puede justificársele por su aportación estética. Si el arquitecto construye este discurso de modo cabal, sin utilizar argumentos subrepticios, su trabajo puede ser simultáneamente una aportación al campo científico y al artístico.
En sentido estricto, todo elemento constructivo debería cumplir ambas funciones sin discriminación de su utilidad, ni de su belleza. La corriente moderna denominada Funcionalismo, tenía esta misión dentro de sus planteamientos, pero parece que dentro de sus variaciones se transformó en una especie de manierismo que devino en estilo, lo cual contradijo sus fundamentos y lo llevó a la desparición. Quizá el error fundacional de este movimiento consistió en repudiar la ornamentación y relegar la naturaleza estética de la arquitectura a un segundo plano. El cálculo estructural ha llevado a la arquitectura contemporánea a revalorizar a los elementos de soporte del edificio hasta encontrar en ellos, coincidencias con la naturaleza que les han dado la posibilidad de una forma de expresión hasta ahora inusitada.
Lorenzo Rocha
jueves, 4 de abril de 2013
PREGUNTAS Y RESPUESTAS
La educación de los artistas, según Luis Camnitzer, consiste de tres pasos en los que el profesor puede actuar de guía y, más importante, de interlocutor. Primero: plantear y formular un problema creativo interesante, segundo: resolver el problema lo mejor posible, y tercero: empacar la solución en la manera más apropiada para expresar y comunicarla. El artista y profesor uruguayo señala en su texto “La enseñanza del arte como fraude”, que el fraude en la educación artística consiste en considerar al arte como medio de producción. Según Camnitzer se debe enseñar el arte como una forma de conocimiento y no como la promesa de que la posesión de un diploma en arte conducirá al estudiante a una posterior supervivencia económica.Existe un concepto en el texto que también es aplicable a la enseñanza de la arquitectura: como disciplina artística sí se puede enseñar, independientemente de sus aspectos técnicos. En efecto, en arquitectura también se debe plantear un problema creativo a resolver, éste consiste en la traducción de un programa de necesidades y un contexto, en un edificio concreto que represente su mejor solución. Desgraciadamente, en las escuelas de arquitectura también circula la falsa promesa de que un diploma permite al graduado ganarse la vida trabajando en su campo de conocimiento. La arquitectura, como el arte, es una disciplina extremadamente elitista, por lo que solamente un reducido numero de personas tendrán acceso al campo del diseño y la construcción tras su graduación.
Todo arquitecto debe ser capaz de plantearse preguntas y formular un problema creativo interesante, incluso cuestionar los programas de necesidades, a pesar de que las distintas actividades requireran características espaciales específicas. Como arquitectos, debemos adoptar una postura crítica ante las soluciones convencionales de la vivienda y los edificios públicos. Cada casa que se construye, define en cierta medida, cómo serán las casas que se construirán después. Nuestra forma de vida ha cambiado paulatinamente, estos cambios los vemos reflejados en las habitaciones de una casa, algunas han desparecido con los años (por ejemplo el antiguo cuarto de costura) y otras se han multiplicado (como el cuarto de baño). Pero cada vez que se construye una casa, podríamos pensarla como la primera casa de la historia. Los arquitectos debemos hacernos estas preguntas y responderlas tantas veces como sea necesario, y después cambiar las preguntas hasta que sus respuestas dejen de tener importancia.
Lorenzo Rocha
jueves, 28 de marzo de 2013
ESPACIO OCUPADO
Cuando los arquitectos abordamos proyectos de remodelación de espacios prexistentes, parece que hay un criterio tácito generalizado que obliga a transformarlos radicalmente. La intervención del arquitecto en el espacio de las ruinas o de edificios viejos, es generalmente visible y con aspiraciones de ser percibida como una notable mejoría.
En cambio los artistas, quienes ocupan muy frecuentemente espacios usados, no parecen tener un interés específico en que su adaptación sea notoria. Hay artistas que han instalado sus talleres en viejas fábricas, oficinas, azoteas, vecindades y hasta panaderías, haciendo un mínimo esfuerzo de transformación quizá por razones económicas, pero también con una actitud de admirable discreción. El artista estadunidense Donald Judd, quien adquirió una base militar abandonada en Marfa, Texas, donde emprendió la Fundación Chinati en los años setenta, escribió: “El proyecto en Marfa fue pensado para ser construido, durante el proceso de replanteamiento de los edificios los fui convirtiendo en arquitectura”. Afortunadamente el lugar aun parece una instalación militar abandonada.
El mejor ejemplo de uso readaptativo de arquitectura comercial en nuestro país es sin duda la Oficina para proyectos de arte, situada en el penúltimo piso del Condominio Guadalajara, que fue diseñado en 1962 por el arquitecto Julio de la Peña. El edificio solía ser la máxima expresión de la modernidad tapatía, pero fue decayendo y muchos de sus pisos fueron quedando vacíos, sin embargo los tres artistas que fundaron la oficina (curiosamente ninguno de ellos con estudios en arquitectura) dieron a su espacio un lugar muy importante en la escena artistica internacional desde su apertura en 2002.
En la ciudad de México también ha habido importantes iniciativas de ocupación de espacios por parte de artistas, hasta hace poco funcionaba en pleno centro histórico, la Central del pueblo, una antigua vecindad convertida en espacios para talleres, cursos y conferencias, el cual tenía entre sus objetivos “la intervención, recuperación y resignificación de espacios urbanos y la construcción de iniciativas participativas que tienen como objetivo crear comunidad alrededor del arte y la cultura.” Objetivos muy loables sin duda, esperemos que vuelvan pronto a la actividad. Más recientemente se han abierto espacios para producción y educación artística como Soma y Neter, ambos en la colonia San Pedro de los pinos, los cuales, cada uno a su modo, contribuyen a la discusión sobre el uso readaptativo de la arquitectura.
Lorenzo Rocha
En cambio los artistas, quienes ocupan muy frecuentemente espacios usados, no parecen tener un interés específico en que su adaptación sea notoria. Hay artistas que han instalado sus talleres en viejas fábricas, oficinas, azoteas, vecindades y hasta panaderías, haciendo un mínimo esfuerzo de transformación quizá por razones económicas, pero también con una actitud de admirable discreción. El artista estadunidense Donald Judd, quien adquirió una base militar abandonada en Marfa, Texas, donde emprendió la Fundación Chinati en los años setenta, escribió: “El proyecto en Marfa fue pensado para ser construido, durante el proceso de replanteamiento de los edificios los fui convirtiendo en arquitectura”. Afortunadamente el lugar aun parece una instalación militar abandonada.
El mejor ejemplo de uso readaptativo de arquitectura comercial en nuestro país es sin duda la Oficina para proyectos de arte, situada en el penúltimo piso del Condominio Guadalajara, que fue diseñado en 1962 por el arquitecto Julio de la Peña. El edificio solía ser la máxima expresión de la modernidad tapatía, pero fue decayendo y muchos de sus pisos fueron quedando vacíos, sin embargo los tres artistas que fundaron la oficina (curiosamente ninguno de ellos con estudios en arquitectura) dieron a su espacio un lugar muy importante en la escena artistica internacional desde su apertura en 2002.
En la ciudad de México también ha habido importantes iniciativas de ocupación de espacios por parte de artistas, hasta hace poco funcionaba en pleno centro histórico, la Central del pueblo, una antigua vecindad convertida en espacios para talleres, cursos y conferencias, el cual tenía entre sus objetivos “la intervención, recuperación y resignificación de espacios urbanos y la construcción de iniciativas participativas que tienen como objetivo crear comunidad alrededor del arte y la cultura.” Objetivos muy loables sin duda, esperemos que vuelvan pronto a la actividad. Más recientemente se han abierto espacios para producción y educación artística como Soma y Neter, ambos en la colonia San Pedro de los pinos, los cuales, cada uno a su modo, contribuyen a la discusión sobre el uso readaptativo de la arquitectura.
Lorenzo Rocha
jueves, 21 de marzo de 2013
MERCADO INMOBILIARIO
La creciente producción de casas en condiminio y apartamentos en la ciudad de México, ha dado lugar a cambios importantes en el ejercicio local de la profesión de arquitecto. La construcción de edificios habitacionales en los barrios centrales y períféricos de nuestra ciudad, se ha convertido en un instrumento de inversión que compite en sus dividendos con los intereses bancarios y bursátiles. Conceptos como la preventa, la plusvalía y el retorno del capital invertido, han eclipsado totalmente a los valores arquitectónicos de la vivienda metropolitana contemporánea. El proyecto ha pasado a segundo plano, su valor se igualado a cero, ya que muchos promotores inmobiliarios lo ofrecen gratuitamente, lo cual ha permitido prescindir de profesionistas calificados para diseñar las viviendas. Hoy en día, trabajan en el gremio de la construcción muchos más contadores, abogados e ingenieros, que arquitectos. Los espacios habitables se han convertido en fórmulas matemáticas que persiguen la optimización del uso del suelo y la maximización de los metros cuadrados y cúbicos, por encima de la calidad espacial de las viviendas. Sus vistas, áreas verdes, materiales y texturas están supeditadas al cálculo económico y son consideradas como elmentos de lujo. Una vivienda mínima prescindirá en primer lugar de las condiciones fundamentales de privacía, ventilación, iluminación y confort, en pos de hacerla lo más eficiente posible y de conseguir industrializarla al máximo para aumenar la ganancia en su comercialización.
El bien más escaso en las colonias centrales de la ciudad es el suelo edificable, por lo cual, se recurre a la adquisición y demolición de casas y edificios viejos, lo cual representa también un peligro para la conservación del patrimonio artístico-arquitectónico de algunas colonias cercanas al centro de la ciudad. Otro recurso capital en la promoción inmobiliaria es el tiempo, ya que el inversionista requiere un retorno rápido del dinero invertido. Un desarrollo inmobiliario que tarda en venderse más tiempo del calculado, fracasa porque el dinero habría dado mejores rendimientos si se hubiera conservado en el banco o mediante otro instrumento de inversión más rentable.
La producción del espacio habitable en una ciudad como la nuestra, ha dejado finalmente de ser una cuestión en manos de los arquitectos, los demás factores económicos han suplantado a la profesión dejando a la arquitectura como una actividad relegada al campo del estilo, lo que determina a la nueva construcción habitacional es la rentabilidad.
Lorenzo Rocha
El bien más escaso en las colonias centrales de la ciudad es el suelo edificable, por lo cual, se recurre a la adquisición y demolición de casas y edificios viejos, lo cual representa también un peligro para la conservación del patrimonio artístico-arquitectónico de algunas colonias cercanas al centro de la ciudad. Otro recurso capital en la promoción inmobiliaria es el tiempo, ya que el inversionista requiere un retorno rápido del dinero invertido. Un desarrollo inmobiliario que tarda en venderse más tiempo del calculado, fracasa porque el dinero habría dado mejores rendimientos si se hubiera conservado en el banco o mediante otro instrumento de inversión más rentable.
La producción del espacio habitable en una ciudad como la nuestra, ha dejado finalmente de ser una cuestión en manos de los arquitectos, los demás factores económicos han suplantado a la profesión dejando a la arquitectura como una actividad relegada al campo del estilo, lo que determina a la nueva construcción habitacional es la rentabilidad.
Lorenzo Rocha
jueves, 14 de marzo de 2013
CIUDAD DESCONOCIDA
Pocas ciudades hay en el mundo, que hayan absorbido en su traza contemporánea, a tantos pueblo antiguos como la nuestra. Resulta fascinante encontrarse con lugares como la Romita, Xochiac, Chimalistac o la Candelaria, donde se percibe un ambiente tranquilo, casi rural, a veces a pocos metros de avenidas tan transitadas como Insurgentes, Cuauhtémoc, o Periférico. En parte por su voraz “pueblofagia”, la ciudad de México encierra y esconde verdaderos tesoros de arquitectura y cultura popular. Nuestra ciudad creció en sentido contrario a la idea moderna de planificación, zonificación y reservas territoriales, ¿por fortuna o por desgracia?. Sus primeras expansiones hacia el noroeste del Centro histórico se hicieron fraccionando y vendiendo antiguos ranchos o haciendas agrícolas, proyectos inmobiliarios especulativos que tuvieron cada uno su traza al gusto del propietario y que conservaron casi todos, sus vestigios históricos originales o sus propios “centros”, que en muchas ocasiones corresponden a los pueblos que circundaban a la antigua ciudad de México.
Durante la mitad del Siglo XIX y todo el Siglo XX, se mantuvo un crecimiento inmobiliario controlado por el sector privado que propició todo un catálogo variopinto de estilos de hacer ciudad. Tenemos zonas de corte totalmente europeo como la colonia Juárez, que se inspiró en las ideas urbanísticas de Idlefonso Cerdá, hasta las supermanzanas de ciudad Satélite, planeadas para ser transitadas exclusivamente en automóvil, siguiendo las teorías de Domingo García Ramos, quien proviene de la tradición urbanística de la “Ciudad Jardín”, término acuñado por el urbanista inglés Ebenezer Howard a finales del Siglo XIX.
Sumándose a otros recientes esfuerzos editoriales de la década pasada, como ABCDF (diccionario gráfico de la ciudad de México) y Citámbulos, se publicó en 2011 un notable libro: “Ciudad de México, ciudad desconocida”, su autor, el periodista y fotógrafo Édgar Anaya Rodríguez, relata con una fantástica habilidad, zonas y costumbres de la ciudad que para muchos resultan desconocidas. Yo no sabía que en Xochiac, rumbo al Desierto de los Leones se realiza siempre al finalizar el año, un tapete multicolor en las calles, como el famoso tapete de Huamantla, en Tlaxcala. Tampoco tenía idea de la existencia de una cadena montañosa y volcánica dentro de la ciudad llamada Sierra de Santa Catarina, o que existieran monumentos a cosas tan peculiares como los perros callejeros o el drenaje profundo. El libro muestra y documenta rigurosamente los cien lugares que su autor considera los más asombrosos de la ciudad.
Lorenzo Rocha
Durante la mitad del Siglo XIX y todo el Siglo XX, se mantuvo un crecimiento inmobiliario controlado por el sector privado que propició todo un catálogo variopinto de estilos de hacer ciudad. Tenemos zonas de corte totalmente europeo como la colonia Juárez, que se inspiró en las ideas urbanísticas de Idlefonso Cerdá, hasta las supermanzanas de ciudad Satélite, planeadas para ser transitadas exclusivamente en automóvil, siguiendo las teorías de Domingo García Ramos, quien proviene de la tradición urbanística de la “Ciudad Jardín”, término acuñado por el urbanista inglés Ebenezer Howard a finales del Siglo XIX.
Sumándose a otros recientes esfuerzos editoriales de la década pasada, como ABCDF (diccionario gráfico de la ciudad de México) y Citámbulos, se publicó en 2011 un notable libro: “Ciudad de México, ciudad desconocida”, su autor, el periodista y fotógrafo Édgar Anaya Rodríguez, relata con una fantástica habilidad, zonas y costumbres de la ciudad que para muchos resultan desconocidas. Yo no sabía que en Xochiac, rumbo al Desierto de los Leones se realiza siempre al finalizar el año, un tapete multicolor en las calles, como el famoso tapete de Huamantla, en Tlaxcala. Tampoco tenía idea de la existencia de una cadena montañosa y volcánica dentro de la ciudad llamada Sierra de Santa Catarina, o que existieran monumentos a cosas tan peculiares como los perros callejeros o el drenaje profundo. El libro muestra y documenta rigurosamente los cien lugares que su autor considera los más asombrosos de la ciudad.
Lorenzo Rocha
jueves, 7 de marzo de 2013
PROPORCIÓN
Podríamos discutir ampliamente dónde es que radica la belleza de la arquitectura. Para algunos se manifiesta en los materiales y en la manufactura de sus acabados, para otros lo bello de la arquitectura reside en los efectos de la luz y el color, para algunos más se trata de la combinación de todos los factores que inciden en el espacio, sin predominancia de ninguno de ellos. No tengo duda en afirmar que la proporción es la característica más importante para que una obra arquitectónica exprese belleza. La relación matemática entre las medidas de las tres dimensiones del espacio, su ancho, altura y profundidad, son sin duda alguna, las características que provocan con mayor certeza el gozo estético del espacio. Es obvio que los demás factores antes mencionados, también influyen en el resultado de la percepción del espacio a nivel concreto, como la materialización de la idea abstracta del espacio arquitectónico.
La proporción es una relación abstracta que se establece mediante los números, pero su efecto en la percepción del espacio es emocional. Cuando visitamos un espacio proporcionado, no necesitamos comprobar sus medidas y las relaciones entre éstas para sentir la fuerza emocional de sus proporciones, éstas nos llegan intuitivamente. De hecho, la sensación de la proporción espacial, deriva directamente de la relación implícita entre las medidas de nuestro propio cuerpo, en relación al espacio donde nos encontramos. No es necesario que seamos conscientes de dichas medidas para percibirlas y hasta cierto punto, la consciencia restaría parte del efecto que el espacio tiene sobre nosotros. “No hay nada más abstracto que la realidad”, decía el pintor italiano Giorgio Morandi, esta frase es muy pertinente cuando discutimos la belleza de la arquitectura, ya que su percepción es corporal y por tanto, diferente para cada individuo. Aunque la realidad, lo externo sólo es uno, su percepción es subjetiva, depende de la abstracción que cada persona hace de ésta.
El artista estadunidense Donald Judd, quien centró su trabajo escultórico en la relación entre las medidas de los prismas rectangulares, experimentó una epifanía interesante cuando viajó a San Petersburgo. Caminando por la avenida Arquitecto Rossi, experimentó una sensación que describe como una belleza que “detuvo su corazón”. Esa sensación proviene de las proporciones de dicho espacio urbano, el cual mide 22 m. de ancho, por 22 m. de altura, por 220 m. de profundidad (una proporción de 1 a 1 a 10), aún antes de ser consciente de las medidas, el artista experimentó la intensa fuerza emocional que espacio ejercía sobre su propio cuerpo.
Lorenzo Rocha
La proporción es una relación abstracta que se establece mediante los números, pero su efecto en la percepción del espacio es emocional. Cuando visitamos un espacio proporcionado, no necesitamos comprobar sus medidas y las relaciones entre éstas para sentir la fuerza emocional de sus proporciones, éstas nos llegan intuitivamente. De hecho, la sensación de la proporción espacial, deriva directamente de la relación implícita entre las medidas de nuestro propio cuerpo, en relación al espacio donde nos encontramos. No es necesario que seamos conscientes de dichas medidas para percibirlas y hasta cierto punto, la consciencia restaría parte del efecto que el espacio tiene sobre nosotros. “No hay nada más abstracto que la realidad”, decía el pintor italiano Giorgio Morandi, esta frase es muy pertinente cuando discutimos la belleza de la arquitectura, ya que su percepción es corporal y por tanto, diferente para cada individuo. Aunque la realidad, lo externo sólo es uno, su percepción es subjetiva, depende de la abstracción que cada persona hace de ésta.
El artista estadunidense Donald Judd, quien centró su trabajo escultórico en la relación entre las medidas de los prismas rectangulares, experimentó una epifanía interesante cuando viajó a San Petersburgo. Caminando por la avenida Arquitecto Rossi, experimentó una sensación que describe como una belleza que “detuvo su corazón”. Esa sensación proviene de las proporciones de dicho espacio urbano, el cual mide 22 m. de ancho, por 22 m. de altura, por 220 m. de profundidad (una proporción de 1 a 1 a 10), aún antes de ser consciente de las medidas, el artista experimentó la intensa fuerza emocional que espacio ejercía sobre su propio cuerpo.
Lorenzo Rocha
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